Él desea que los dos “sean una sola carne”, como dice el evangelio, y que “el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Porque quiere cuidar lo más sagrado que tiene el hombre y que lo hace más feliz, en donde se cultiva el amor verdadero, el que sana y santifica, aunque nuestras familias no son perfectas. El matrimonio vivido en la fe nos sana de nuestras heridas y nos santifica para elevarnos y hacernos más humanos.
¿Cómo Dios va a desear otra cosa, otro camino distinto a este? Sería una gran contradicción de parte de Dios que ama para siempre y confía en nosotros para que logremos lo que él desea. Sé que hoy, más que nunca, estas palabras de Dios, de Jesús, son difíciles de entender y de aceptar incluso, a veces, son rechazadas, porque muchas personas, muchas familias, están heridas por la falta de amor en sus familias. Por eso nunca está de más decir que “las personas que no pudieron hacer prosperar su matrimonio no están ‘fuera’ del amor de Dios”.
Pidámosle al Señor por tantos matrimonios que están en la lucha, que les cuesta, por aquellos que se han separado y no pudieron cumplir este deseo de Dios, por aquellos que están bien para que sigan perseverando. Recemos por las familias. Recemos para que escuchando la Palabra de Dios todos podamos comprometernos con el verdadero designio de Dios, que es que en familia descubramos su amor y que alcancemos la santidad. Es lindo saber que, a pesar del viento en contra y de la violencia de las olas de este mundo, se puede amar con fidelidad y constancia hasta que la muerte los separe. Siempre remando juntos, siempre remando parejo.
(Extraido de Algo del evangelio- P. Rodrigo Aguilar)

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