¿Qué me dicen las escrituras?
En la primera lectura del libro de Jeremías, nos relata en
primera persona, los malos tratos que recibe de su pueblo a causa del Señor.
Por eso se propone, “no hablaré más en su nombre”, pero el fuego de su corazón y
en sus huesos, no le permiten contenerse. No podía hacerlo.
En la segunda lectura, Pablo le dice a los Romanos, ofrézcanse
ustedes al Señor, transfórmense ustedes interiormente, cambien su mentalidad humana,
para así poder discernir, cual es la voluntad de Dios, lo bueno, lo perfecto,
lo que es grato a su mirada.
En el evangelio de Mateo, Jesús anuncia lo que sucederá cuando
lleguen a Jerusalén, su pasión, muerte y resurrección. Pedro con su mirada
mundana, le dice: “Dios no lo permita “y Jesús responde: “Retírate, ve detrás de
mí Satanás”, y dirigiéndose a los discípulos les dice: “El que quiera seguirme,
que renuncie a sí mismo, cargue su cruz y me siga” “El que quiera salvar su
vida la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará”.
Qué difícil es para nosotros aceptar este mensaje como debe
ser. Ver el mundo como algo efímero, ver nuestra vida como lo que es, un
destello de luz en un inmenso universo. Claramente está en nosotros convertir
ese destello, en un faro que ilumine a los demás.
Para ello, Jesús nos pide que tomemos real conciencia y que
pongamos nuestros esfuerzos y talentos en el reino, que fijemos la mirada, en
el amor, la bondad, la belleza, en lo
trascendente…
Siempre lo que nos
sucede a nosotros, nos parece terrible, lo peor, tenemos que saber entregarlo y
entregarnos. Saber aceptar, cargar la cruz con esperanza, ofrecernos como dice
Pablo, al Señor para poder discernir su voluntad; que no es más, que amar a
Dios en nuestros hermanos y anunciar con alegría el evangelio, como dice Jeremías,
por el fuego que brota desde el corazón.
Que el Señor ilumine nuestros corazones, para valorar la
esperanza a la que hemos sido llamados… Que con la ayuda y protección de María Santísima,
logremos transitar el camino, llevando el mensaje de amor de su hijo amado,
nuestro Señor Jesucristo.



