lunes, 18 de diciembre de 2023

¿PUEDE EL PERDON DESARMAR LA VIOLENCIA?

 


La historia de DINA, JOSE Y SUS HERMANOS…

Las historias de Dina y José son historias de violencia, amor y venganza. Dina es violada por Siquem, luego se convierte en el interés amoroso del joven y, finalmente, mientras su padre calla, es vengada con deplorable violencia por sus hermanos Simeón y Leví (cfr. Gn 49,5-7). José es el hijo amado de Jacob que atrae sobre sí el odio de los demás hermanos, que conciben contra él malas intenciones.

Son historias que nos hablan de amores desequilibrados, pero también de violencia ciega. Simeón y Leví se aprovechan implacablemente de la debilidad de los siquemitas para actuar con brutalidad y salvajismo. Los hermanos de José llegan a planear la muerte de José y, si no lo consiguen porque uno de ellos vacila, no tienen reparos en herirlo, desnudarlo y arrojarlo a un pozo, para luego hacerlo llevar como esclavo a Egipto. Esta vez, sin embargo, no se trata de violencia contra una ciudad extranjera para salvar a su hermana secuestrada, sino de violencia contra su propia carne y sangre, fruto de la envidia y los celos que destruyen la fraternidad.

Por otra parte, la figura paterna de Jacob también es problemática, al mostrarse tan indiferente ante los abusos sufridos por Dina como fuertemente vinculado a su hijo José, hasta el punto de desesperarse y lamentarse ostensiblemente por su desaparición.

La respuesta a la violencia con más violencia, sin embargo, no es automática, porque mientras los hijos de Jacob se convierten en brutales agresores, José no responde al mal con más mal, sino que deja espacio para el perdón, lo que les permite encontrarse como hermanos y comprender cómo Dios actúa en la historia convirtiendo el mal en bien.

Por dos veces, José tranquiliza a sus hermanos, invitándolos a no tener miedo de él. El mal sufrido no se vengará produciendo más mal, porque Dios tiene el poder de convertirlo en bien para todos. Vencer el mal con el bien es obra de Dios, y José acabó por comprenderlo al final de su historia. Como decía San Pablo: «No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien» (Rom 12,21). 

Esta es la actitud de Dios, que el ser humano está llamado a imitar.

 

(Extraído de :LA CIVILTÁ CATTOLICA – Por Vincenzo Anselmo)


miércoles, 15 de noviembre de 2023

EL ADVIENTO

 


TIEMPO LITÚRGICO QUE PREPARA LA NAVIDAD

Expectación penitente, piadosa y alegre

La venida del Hijo de Dios a la Tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos (…).

Al celebrar anualmente la liturgia del Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.

(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 522 y 524)

Con el tiempo de Adviento, la Iglesia romana da comienzo al nuevo año litúrgico. El tiempo de Adviento gravita en torno a la celebración del misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

 A PARTIR DEL SIGLO IV

El origen y significado del Adviento es un tanto oscuro; en cualquier caso, el término adventus era ya conocido en la literatura cristiana de los primeros siglos de la vida de la Iglesia, y probablemente se acuñó a partir de su usoen la lengua latina clásica.

La traducción latina Vulgata de la Sagrada Escritura (durante el siglo IV) designó con el término adventus la venida del Hijo de Dios al mundo, en su doble dimensión de advenimiento en la carne –encarnación- y advenimiento glorioso –parusía-.

La tensión entre uno y otro significado se encuentra a lo largo de toda la historia del tiempo litúrgico del Adviento, si bien el sentido de “venida” cambió a “momento de preparación para la venida”.

Quizá la misma amplitud de las realidades contenidas en el término dificultaba la organización de un tiempo determinado en el que apareciera la riqueza de su mensaje. De hecho, el ciclo de adviento fue uno de los últimos elementos que entraron a formar parte del conjunto del año litúrgico (siglo V).

Parece ser que desde fines del siglo IV y durante el siglo V, cuando las fiestas de Navidad y Epifanía iban cobrando una importancia cada vez mayor, en las iglesias de Hispania y de las Galias particularmente, se empezaba a sentir el deseo de consagrar unos días a la preparación de esas celebraciones.

Dejando de lado un texto ambiguo atribuido a San Hilario de Poitiers, la primera mención de la puesta en práctica de ese deseo la encontramos en el canon 4 del Concilio de Zaragoza del año 380“Durante veintiún días, a partir de las XVI calendas de enero (17 de diciembre), no está permitido a nadie ausentarse de la iglesia, sino que debe acudir a ella cotidianamente” (H. Bruns, Canones Apostolorum et Conciliorum II, Berlín, 1893, 13-14). La frecuencia al culto durante los días que corresponden, en parte, a nuestro tiempo de adviento actual, se prescribe, pues, de una forma imprecisa.

 UN TIEMPO DE PENITENCIA

Más tarde, los concilios de Tours (año 563) y de Macon (año 581) nos hablarán, ya concretamente, de unas observancias existentes “desde antiguo” para antes de Navidad. En efecto, casi a un siglo de distancia, San Gregorio de Tours (fallecido en el año 490) nos da testimonio de las mismas con una simple referencia.

Leemos en el canon 17 del Concilio de Tours que los monjes “deben ayunar durante el mes de diciembre, hasta Navidad, todos los días”.

El canon 9 del Concilio de Macon ordena a los clérigos, y probablemente también a todos los fieles, que “ayunen tres días por semana: el lunes, el miércoles y el viernes, desde San Martín hasta Navidad, y que celebren en esos días el Oficio Divino como se hace en Cuaresma“(Mansi, IX, 796 y 933).

Aunque la interpretación histórica de estos textos es difícil, parece según ellos que en sus orígenes el tiempo de adviento se introdujo tomando un carácter penitencial, ascético, con una participación más asidua al culto.

Sin embargo, las primeras noticias  a cerca de la celebración del tiempo litúrgico del Adviento, se encuentran a mediados del siglo VI, en la iglesia de Roma.

Según parece, este Adviento romano comprendía al principio seis semanas, aunque muy pronto -durante el pontificado de Gregorio Magno (590-604)-  se redujo a las cuatro actuales.

UNA DOBLE ESPERA

El significado teológico original del Adviento se ha prestado a distintas interpretaciones. Algunos autores consideran que, bajo el influjo de la predicación de Pedro Crisólogo (siglo V), la liturgia de Adviento preparaba para la celebración litúrgica anual del nacimiento de Cristo y sólo más tarde –a partir de la consideración de consumación perfecta en su segunda venida- su significado se desdoblaría hasta incluir también la espera gozosa de la Parusía del Señor.

No faltan, sin embargo, partidarios de la tesis contraria: el Adviento habría comenzado como un tiempo dirigido hacia la Parusía, esto es, el día en que el Redentor coronará definitivamente su obra. En cualquier caso, la superposición ha llegado a ser tan íntima que resulta difícil atribuir uno u otro aspecto a las lecturas escriturísticas o a los textos eucológicos de este tiempo litúrgico.

El Calendario Romano actualmente en vigor conserva la doble dimensión teológica que constituye al Adviento en un tiempo de esperanza gozosa:

“el tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre” (Calendario Romano, Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, 39).

(Extraido de primeroscristianos.com)

 


miércoles, 11 de octubre de 2023

AYUDA A TU HIJO A DISCERNIR...

 


Cómo ayudar a tu hijo a no sucumbir a la ideología de género

·         septiembre 5, 2023

Existen sólo dos sexos. ¿Seguro? Esta es la duda que la ideología de género, alimentada por la propaganda masiva, ha logrado sembrar en la infancia. Hoy muchos jóvenes se profesan “no binarios”. Sólo sus padres pueden ayudarlos a no sucumbir a este engaño.

 Así se inyecta hoy veneno al proceso de maduración sexual

“Uno de los mayores sufrimientos de los niños de nuestro tiempo se debe a las presiones a las que se ven sometidos por quienes intentan convencerlos de que su sexo es maleable y de libre elección”, denuncia el padre Óscar García Mulet, autor del libro Crecer como niños, crecer como niñas: la maduración integral de la masculinidad y de la feminidad en las primeras etapas de la vida (Campomanes, 2022). Este sacerdote valenciano,miembro de la congregación religiosaCooperadores de la  Verdad, no tenía previsto escribir un libro, pero se dio cuenta de que no podía permanecer callado:  “Vivimos en un tiempo donde a la luz se le llama oscuridad, y a las tinieblas, luz.No podemos tolerar el mal que esta cultura está haciendo a los niños, porque los está destrozando”, declara.

“Los niños están acogiendo como algo normal desconfiar de su sexo”

García Muletrelata sin tapujos lo que él, como profesor de secundaria, está viendo en los colegios de España. “Cuesta imaginar la violencia que se ejerce sobre niños vulnerables, que llegan a acoger como algo normal desconfiar del propio ser. Hasta el punto de que el tema sexual ha llegado a monopolizar las conversaciones, los insultos y la agresividad entre ellos. Si van a un patio escolar, escuchan lo que hablan y hacen seguimiento de lo que ven en el móvil, se quedarán de piedra”.  También entre los jóvenes. “Hablando con una profesora de un instituto público me decía: ‘Óscar, no sabes lo que están sufriendo con la sexualidad desordenada. He visto varios casos de violaciones entre jóvenes. La pornografía está haciendo mucho daño, pero, además, el Estado está promoviendo esta cultura’”.

“El tema sexual ha monopolizado las conversaciones infantiles”

Niños “no binarios”

García Mulet narra que en algunas escuelas se aplica a los niños de tercero de primaria un test, inicialmente diseñado para niños de quinto, donde ya en la primera pregunta tienen que contestar:  “¿Eres niño? ¿Eres niña? o ¿Eres no binario?  “Así generan dudas y sospechas en los niños y, de paso, les dicen: ‘Puedes sentirte niña y no niño, o al revés’”. Hoy no se busca reafirmar la identidad sexual, masculina o femenina, los dos únicos modos de existir como persona. Se quiere que los niños duden de su sexo. Se le dice que el ser humano no tiene una naturaleza definida y que si la tuviese, esta no tendría ningún valor.  “En este momento que vivimos, de sospecha, necesitamos volver al cuerpo sexuado como parte clave de interpretación del ser humano. Lo masculino y lo femenino no son una cosa más, son un tesoro escondido y una perla preciosa que nos llevan a descubrir el amor de Dios”, reclama García Mulet. 

Este autor se refiere a la identidad sexual de dos maneras: por la proyección al mismo sexo (homosexualidad) y por el rechazo al propio sexo, “otra manera de hablar del  ‘fenómeno trans’”, anota. “Estas situaciones tocan la médula del ser, porque el sexo no es un añadido, es el núcleo de la persona”, puntualiza.

Infectar la herida

El religioso valenciano, movido por su carisma, inspirado en san José de Calasanz, subraya que en el fondo de los trastornos de identidad sexual se esconde la “herida del corazón”. Ese  “no soy amado” está presente en todo ser humano por una sed loca de amor que le ha dejado el pecado original. 

El problema resulta cuando la herida se infecta. Un mal vínculo de apego en la primera infancia, una relación truncada con el progenitor del mismo sexo –que marca decisivamente a la persona–, o el desgarramiento del amor de los padres, pueden ser algunas de las causas. A esto se suma la pérdida de la fe en la sociedad.  “Cuando Dios desaparece, el hombre desaparece; pierde su belleza y sus dones”. Y uno de esos grandes dones es precisamente la masculinidad y la feminidad, saberse hechos a imagen y semejanza de Dios. 

García Mulet señala que los traumas de apego están en la base de los trastornos de la identidad sexual, al igual que el consumo de pornografía, que es otra forma de abuso porque en la infancia el cerebro tiene gran plasticidad, y si recibe este tipo de imágenes, “se desordena”. Para remediarlo, sugiere que lo primero es mirar a la historia y las relaciones del joven, sobre todo en sus primeros años, porque “nos tejemos unos a otros en la relación”, afirma citando al psiquiatra francés Boris Cyrulnik.

“El hijo varón necesita que su padre lo abrace, porque ese abrazo lo lanza a la lucha”

Seguro que hay salidas

Por complejo que parezca un trastorno de maduración sexual, la buena noticia es que la herida no es un condicionamiento eterno. “Puede ser el camino que lleva al corazón traspasado de Cristo”, asegura García Mulet, quien recomienda, como primera medida, que los padres cuiden mucho su amor.  “No hay terremoto más devastador para un hijo que ver romper ese amor. Por eso, cualquier trabajo de los esposos por restaurar la unidad y la comunión es poco”. 

Además, aconseja a los padres pedir perdón cuando haga falta:  “El perdón transforma todo rencor. Con 10 minutos al día que te dirijas a tu hijo, lo mires a los ojos y le digas: ‘Después de este día tan largo, ya tenía ganas de verte y de hablar contigo. ¿Cómo estás?”…, tu hijo sentirá que lo quieres y eso lo sanará”. El hijo varón necesita, además, que su padre los abrace, porque ese abrazo es distinto del de la madre. La madre lo abraza y no lo quiere soltar, haga lo que haga. Pero el abrazo del padre lo lanza a la prueba, a la lucha. 

Por último, recalca la importancia de ayudar a los hijos a descubrir el amor incondicional de Dios que ama a cada uno tal y como es:  “No es verdad que estés mal hecho. Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco’. ‘Es verdad que has recibido una herida, un desprecio. Pero yo he sufrido contigo’. Por eso, cuanto más cerca esté tu hijo de Dios, más podrá amar a otros”. Al final, la masculinidad y la feminidad están hechas para el amor, la donación y la comunión en la diferencia. En resumen, “para el cumplimiento de una vida”, concluye.  

Por Isabel Molina Estrada

(Artículo extraído de la edición número 69 de la revista Misión, la revista más leída por las familias católicas de España.)


martes, 19 de septiembre de 2023

MATRIMONIO, DISEÑO DE AMOR

 


En una relación de amor, Jesús no puede estar ausente... 
Donde cada uno de los cónyuges están para ayudarse mutuamente, Él esta allí...
Esta en nosotros hacerlo participe de todas las decisiones y situaciones, momentos alegres y tristes que se viven en la familia, debemos vivirlas y compartirlas con aquel que está presente en cada momento...
Él es quien compensa en el amor nuestras pilas, nos permite comprender y aceptar las cosas que nos molesta del otro, como también valorar los momentos de amor y comprensión que recibimos... 
A quien se le puede ocurrir vivir una vida de Amor conyugal, si Dios fuente de Amor y justicia, está borrado de nuestros proyectos y de nuestra vida?
A través del Sacramento del matrimonio, nuestro compromiso mutuo se convierte en indisoluble por la fuerza de la Gracia y a partir de ese momento es Jesús quien camina a nuestro lado. La gracia, es el hilo conductor porque la palabra "gracia", traduce a veces las palabras hebreas hesed, hen, traducidas más frecuentemente de otras maneras: como amor, bondad, compasión, favor... Todos condimentos indispensables para una sana relación.





miércoles, 13 de septiembre de 2023

TUS BIENAVENTURANZAS...

  


Las bienaventuranzas en Mateo 5, es el sermón de la montaña...

En Lucas 6 , el evangelista nos relata, las bienaventuranzas del llano...

Lucas (6,20-26):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.
 

Nosotros también podemos hacer el ejercicio de realizar nuestras propias máximas, que nos permitan empedrar el camino de nuestras vidas, cargadas de amor hacia los demás, con una fuerte impronta de optimismo, humildad y buen humor...
Porque somos conscientes del Amor infinito de Dios!

Felices los que creen porque no serán defraudados 

Felices los optimistas porque tendrán siempre un vaso medio lleno.

Felices los que dan porque nunca les faltará nada.

Felices los que perdonan porque pueden siempre renacer y empezar de nuevo.

Felices los que tienen buen humor porque podrán superar cualquier dificultad. 

Felices los humildes porque su grandeza es infinita.

Felices los que rezan porque todo es posible para ellos

La tarea para hoy es escribir tus propias bienaventuranzas.

13 de setiembre - SAN JUAN CRISOSTOMO

 


Ha pasado a la historia con el sobrenombre de “boca de oro” por su maravillosa capacidad de hablar sobre la fe. San Juan Crisóstomo nació en el 349 cerca de Antioquía. Patriarca en Constantinopla, murió exiliado por haber condenado sin temor la corrupción del clero y de la corte bizantinos.

 

Juan fue un as de la palabra desde muchacho. El famoso rector Libonio, su maestro, que veía en el joven a su natural sucesor, sintió mucho cuando aquel alumno prometedor prefirió la fe a la atractiva retórica. “¡Si los cristianos no me lo hubieran robado!”, exclamará.

En efecto, Juan sí fue “robado” por la atracción que sentía por las palabras sagradas, que estudia con atención en el círculo de Diodoro, futuro obispo de Tarso. San Pablo es uno de sus preferidos, al que le dedicará mucho en pensamientos y páginas.

Pero toda la Biblia, con sus enseñanzas, deja una huella profunda en aquel joven de Antioquía que se prepara para convertirse en una espada de doble filo en el oriente cristiano del siglo V, precisamente por aquel talento de decir las cosas sabiendo que lo dice bien.

El espíritu no el vientre

El obispo Fabiano lo ordenó sacerdote pero Juan, desde los años del diaconato, demuestra rotundamente que su capacidad de hablar a la gente de las Escrituras es fuera de lo común. Antes de esta fase, el joven también hace la experiencia eremítica – seis años en el desierto, los últimos dos en una caverna – y esto consolida en él un carácter de sobriedad que confiere ulterior fuerza a sus palabras que sacuden siempre por su franqueza.

Predica el amor concreto a los hermanos más pobres, insta a los monjes a realizar obras de caridad y a desprenderse del dinero; impulsa a los laicos a evitar la telaraña de la corrupción.

En suma, más espacio al espíritu y menos a la carne. Juan es un moralista, en el sentido positivo del término, para una época en la que extraer de los dichos bíblicos normas de comportamiento coherentes con la vida de un bautizado era el camino que se recorría con frecuencia.

Patriarca incómodo

Cuando tenía alrededor de 50 años, en el 397, da el gran salto. Juan está en Constantinopla para suceder al Patriarca Nectario. Cambia el papel: gran visibilidad y cercanía a la corte. El único que no cambia es Juan. El fustigador de la corrupción – que en los palacios del poder bizantino pulula – es fiel a su estilo.

La gente lo ama por eso, tal como lo testimonian sus contemporáneos. Los que comienzan a detestarlo cada vez más abiertamente son la nobleza y el clero, apegados a sus privilegios y de aquel hombre que, en lugar de alinearse a los modos del círculo del que ha entrado a formar parte, reciben frases que no hacen descuentos.

Indolencia y vicios, sobre todo por parte de quien viste una túnica, son los blancos preferidos. Y a las palabras siguen los hechos. Muchos presbíteros son removidos por indignidad, incluido el obispo de Éfeso. Para muchos es demasiado. Y contra un hombre que en el fondo es más ingenuo que astuto, parte la lista de intrigas.

“Boca de oro”

Capitanea la fronda contra Juan el Patriarca de Alejandría, Teófilo, y la emperatriz Eudoxia. En su ausencia convocan un sínodo que obliga a Juan al exilio. Corre el año 403, pero el alejamiento dura poco. Por aclamación popular, Juan regresa a Constantinopla y sus adversarios vuelen a lanzar el desafío.

El 9 de junio del 404 una nueva condena lo aleja del centro del Imperio. El antiguo eremita encuentra una soledad forzada. Juan “boca de oro”, tal como será apodado tiempo después, muere en el año 407, en Comana Pontica, durante uno de los tantos traslados que debía realizar.

Su sabiduría permanece intacta a lo largo de los siglos, corroborada por centenares de escritos de un hombre y un sacerdote convencido de que “en todas las cosas” deba darse “gloria a Dios”.


(Extraído de la revista PRIMEROS CRISTIANOS)

 


martes, 22 de agosto de 2023

22 DE AGOSTO "MARÍA REINA DE LOS CIELOS Y DE LA TIERRA"

                                 María es reina, por ser madre de Jesús, Rey del Universo.
 Esta fiesta fue instituida por el Papa Pío XII en 1955.
   María ha sido elevada sobre la Gloria de todos los Santos y esta coronada de estrellas por su Divino Hijo.Esta sentada junto a El y es Reina y Señora del Universo.

 

La razón por la que la Santísima Virgen María es Reina se fundamenta teológicamente en su divina Maternidad y en su función de ser Corredentora del género humano.


                                                 LA REALEZA DE CRISTO Y DE MARÍA


Entre Cristo y María hay un perfecto paralelismo que es la razón fundamental de su realeza. Por este motivo la Virgen María es Reina: por su íntima relación con la realeza de Cristo, pues éste lo es por derecho propio y aquella lo es por razón de cierta analogía.

Cristo es Rey tanto por derecho propio como por derecho de conquista. En el primer caso lo es como hombre y como Dios. Jesucristo en cuanto hombre, por su Unión Hipostática con el Verbo, recibió del Padre “la potestad, el honor y el reino” (cfr. Dan. 7,13-14) y, en cuanto Verbo de Dios, es el Creador y Conservador de todos cuanto existe, por lo mismo, tiene pleno y absoluto poder en toda la creación (cfr. Jn. 1,1ss).

En el segundo caso es Rey por derecho de conquista en virtud de haber rescatado al género humano de la esclavitud en la que se encontraba, al precio de su sangre, mediante su Pasión y Muerte en la Cruz (cfr. 1 Pe. 1,18-19).

De la unión con Cristo Rey deriva, en María Reina, tan esplendorosa sublimidad, que supera la excelencia de todas las cosas creadas; de esta misma unión nace su poder regio, por el que Ella puede dispensar los tesoros del reino del Divino Redentor; en fin, en la misma unión con Cristo tiene origen la eficacia inagotable de su materna intercesión con su Hijo y con el Padre (cfr. Pío XII, Enc. Mystici corporis , 29-VI 1943).


EL DULCE REINADO DE MARÍA...
El dulce reinado de María aplaca la dureza del varón y revela la verdadera dignidad de la mujer...¡Cuántos hombres necesitan aprender a amar realmente a sus esposas y a asumir su responsabilidad como cabezas de la familia! ¡Cuántas mujeres sacrifican su verdadera identidad y su dignidad, buscando la autorrealización de formas equivocadas! Si todos acudieran a la escuela de María y se dejaran formar por su dulce realeza, entonces el Espíritu Santo, el divino Esposo de la Virgen, podría sanar heridas, desenredar lo enredado, ahuyentar las tinieblas y restaurar el orden de Dios en todo.

En el dulce reinado de María se hace visible el dominio del Señor mismo, que “reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. Bajo la guía de la Virgen, aprenderemos a decirle a Dios con todo nuestro corazón: “Hágase en mí según tu palabra”.

MARIA REINA... RUEGA POR NOSOTROS!

viernes, 18 de agosto de 2023

DEL MATRIMONIO...

 


El matrimonio cristiano es, como se dice a veces, un barquito que anda por las aguas de este mundo, golpeado por las olas y el viento en contra de tantas voces que quieren destruir la familia, pero en el cual varón y mujer reman juntos acompañados por Jesús

Él desea que los dos “sean una sola carne”, como dice el evangelio, y que “el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Porque quiere cuidar lo más sagrado que tiene el hombre y que lo hace más feliz, en donde se cultiva el amor verdadero, el que sana y santifica, aunque nuestras familias no son perfectas. El matrimonio vivido en la fe nos sana de nuestras heridas y nos santifica para elevarnos y hacernos más humanos.

¿Cómo Dios va a desear otra cosa, otro camino distinto a este? Sería una gran contradicción de parte de Dios que ama para siempre y confía en nosotros para que logremos lo que él desea. Sé que hoy, más que nunca, estas palabras de Dios, de Jesús, son difíciles de entender y de aceptar incluso, a veces, son rechazadas, porque muchas personas, muchas familias, están heridas por la falta de amor en sus familias. Por eso nunca está de más decir que “las personas que no pudieron hacer prosperar su matrimonio no están ‘fuera’ del amor de Dios”. 

Pidámosle al Señor por tantos matrimonios que están en la lucha, que les cuesta, por aquellos que se han separado y no pudieron cumplir este deseo de Dios, por aquellos que están bien para que sigan perseverando. Recemos por las familias. Recemos para que escuchando la Palabra de Dios todos podamos comprometernos con el verdadero designio de Dios, que es que en familia descubramos su amor y que alcancemos la santidad. Es lindo saber que, a pesar del viento en contra y de la violencia de las olas de este mundo, se puede amar con fidelidad y constancia hasta que la muerte los separe. Siempre remando juntos, siempre remando parejo.

(Extraido de Algo del evangelio- P. Rodrigo Aguilar)

lunes, 7 de agosto de 2023

Escuchar a quien sufre

 


BIBLIA

UNA BREVE APROXIMACIÓN PASTORAL AL LIBRO DE JOB

El libro de Job y el ministerio pastoral

Pese a la creencia generalizada en el imaginario colectivo, la intención del libro de Job no es la de presentar un modelo de héroe religioso que posee en grado sumo la virtud de la paciencia o que afronta el dolor sin poner en duda la justicia de Dios. Por el contrario, este texto veterotestamentario – al mismo tiempo popular y desconocido – ni es principalmente un libro para el consuelo ni aporta respuestas definitivas a las profundas cuestiones con las que la realidad del sufrimiento ha retado constantemente a los seres humanos de todas las épocas y lugares. De hecho, a lo largo de sus cuarenta y dos capítulos nos damos cuenta progresiva e inexorablemente de que la postura del autor acerca de la inteligibilidad del sufrimiento queda crudamente establecida: para él, el sufrimiento no es intelectualmente comprensible y, más aún, no es posible encontrarle sentido. En otras palabras, el ser humano adolece de una profunda e intrínseca limitación en su capacidad para entender y otorgar un sentido al sufrimiento que él mismo experimenta o que ve que otros padecen. Y, «sin embargo, nos cuesta aceptar que muchas veces nunca sabremos la verdadera razón de nuestro sufrimiento»[1].

Esta quiebra de sentido e inteligibilidad no solo queda reflejada en el contenido del libro de Job, sino que también se apoya y se ve reforzada por sus elementos formales. Por ejemplo, en el nivel lingüístico, el hebreo empleado en la sección poética del texto (capítulos 3-41) es significativamente complejo[2] y, debido al elevado número de palabras que nunca más aparecen en otros textos bíblicos (unos 145 de los aproximadamente 1300 hapax legomenon de toda la Biblia), resulta enormemente difícil de interpretar.

Esta fractura en la posisiblidad de dotar de comprensión al sufrimiento está también reflejada en la ruptura de la forma del tercer ciclo de diálogos (capítulos 23-27). El autor rompe en esta sección el modelo previo, donde Job había respondido sucesivamente a cada uno de sus tres amigos. De hecho, en este último ciclo de diálogos la respuesta de Bildad a Job se extiende únicamente a lo largo de seis versículos y Sofar ni siquiera toma la palabra. Podemos decir que el diálogo se desintegra. Pareciera así como si el texto quisiera enfatizar la incapacidad última de los tres amigos, a pesar de sus denodados intentos, para articular una respuesta satisfactoria al sufrimiento experimentado por Job. Tal y como señala el biblista Enrique Sanz: «El libro de Job se hace eco de esta llamativa ausencia de diálogo entre Job y sus amigos mediante el corte aparentemente brusco que parece darse entre los tres ciclos de diálogos que ellos mantienen y el bello himno a la sabiduría inaccesible de Job 28. Los discursos, más bien los monólogos de Job y sus amigos (Job 3-27), no han logrado acercar a los que los han pronunciado, no han conseguido que entre ellos se dé el encuentro y el diálogo»[3].

Sin embargo, el libro de Job sigue teniendo algo verdaderamente importante que decirnos hoy, tanto a quienes sufren – en su cuerpo, en su mente o en su espíritu – como a quienes intentamos acompañarlos desde el ministerio pastoral. En primer lugar, porque su autor abre un espacio genuino para escuchar el grito de quienes sufren. Y lo hace acogiendo sin limitaciones, censuras ni falsas prudencias una diversidad de voces que no siempre son fáciles de escuchar. Porque el dolor humano, especialmente el dolor del inocente, resulta tan crudo y real que en ocasiones se vuelve enormemente difícil de sostener. Y, no obstante, la escucha del dolor propio constituye, para quien sufre, una importante necesidad y puede abrirle el camino para una ulterior sanación: «¡ojalá que hubiera quien me escuchara! ¡aquí está mi firma, que responda el Todopoderoso!» (31,35), grita Job.

Además, el libro de Job sigue siendo útil pastoralmente porque, en segundo lugar, permite que emerjan con bastante libertad todas las tensiones existentes entre la experiencia actual del sufrimiento y las respuestas insuficientes basadas en la tradición. Aquí radica precisamente una gran parte del malestar que tiene lugar entre Job y sus interlocutores (Elifaz, Bildad, Sofar y Elihú). Porque su acercamiento al sufrimiento está tan mediatizado por sus concepciones previas – la ley de la retribución: según la cual «el justo es recompensado y el malvado es castigado»[4] – que a ellos les resulta imposible asomarse a la crisis total que supone el dolor y a Job le irrita escuchar comentarios que, para él, no encajan en absoluto con su desgarradora experiencia real.


INSCRÍBETE

En definitiva, el libro de Job nos lanza a afrontar más profundamente la cuestión que universalmente brota en medio del sufrimiento y del dolor: ¿por qué? O, dicho de otro modo: ¿por qué todo esto?, ¿por qué a mí?, ¿por qué a nosotros? Ciertamente estas son preguntas que «emergen de casi todas las experiencias humanas de sufrimiento»[5], que nos inquietan y nos producen una enorme desazón. Por supuesto, cuando sufrimos en nuestras propias carnes; pero también cuando vemos a otros sufrir en nuestra familia, en nuestro entorno laboral o – más concretamente – en nuestro ministerio pastoral. Muchas veces son justamente estos algunos de los momentos más importantes y decisivos de los seres humanos. Y precisamente ahí es cuando parece que el Señor más esconde su rostro (hester panim, en hebreo): ¿dónde está Dios?, ¿me ha dejado solo?, ¿alguien me escucha?, ¿hay alguien ahí?

El ministerio de escuchar a quienes sufren

Estas preguntas, que «nacen del sufrimiento del inocente, pero que nacen también de la fe»[6], constituyen un grito más o menos silencioso, que quienes sufren dirigen a Dios. Porque el desgarro que experimenta el ser humano – en nuestro caso, aquel que quiere llevar una vida de piedad – en su existencia concreta es el punto de partida que pone en marcha la reflexión acerca del sentido de su sufrimiento[7]. Del mismo modo, la experiencia del pueblo de Israel tras el exilio y la destrucción del templo de Jerusalén fueron probablmente los acontecimientos históricos que motivaron al autor del libro de Job a poner por escrito su propia reflexión y a formular muchas de las preguntas que el sufrimiento abre.

Dada su complejidad, las cuestiones que laten en el grito de quienes sufren exigen ser abordadas polifónicamente; es decir, de forma dialógica, como un «texto en el que una variedad de voces-ideas diferentes, encarnadas no sólo en los personajes sino también en los géneros, se enfrentan sin privilegios»[8]. Esta es la postura que adopta Carol Newsom en su estudio sobre el libro de Job: «En esta lectura polifónica de Job sigo asumiendo la presencia de un autor que deseaba recurrir a los géneros y voces culturales de su comunidad, que deseaba que posiciones que tendían a aislarse entre sí se vieran obligadas a enfrentarse dialógicamente. Pero en esta lectura, el autor no plantea la confrontación de manera que triunfe una voz, pues ninguna voz puede decir toda la verdad. Por el contrario, la verdad sobre la piedad, el sufrimiento humano, la naturaleza de Dios y el orden moral del cosmos sólo puede ser abordada adecuadamente por una pluralidad de conciencias no fusionadas que entablen un diálogo abierto entre sí»[9]. O, en otras palabras del mismo autor: «Leído como una obra polifónica, el propósito del libro no es promover un punto de vista particular: ni el del relato en prosa, ni el de los amigos, ni el de Job, ni siquiera el de Dios. Su propósito es más bien demostrar que la idea de la piedad, en toda su contradictoria complejidad, no puede en principio caber dentro de los límites de una sola conciencia. La verdad sobre la piedad sólo puede captarse en el punto de intersección de perspectivas no fusionadas. La respuesta adecuada a un libro así, como intuyó el autor del discurso de Elihú, es introducirse uno mismo en la conversación, pero con la conciencia de que nunca se podrá decir la última palabra»[10].

Pues bien, este grito que produce el sufrimiento no siempre es fácilmente reconocido por el sujeto ni tampoco inmediatamente conocido por quienes tratan de ayudarle desde su ministerio. Nuestra experiencia pastoral nos recuerda, una y otra vez, que nunca sabemos completamente lo que el ser humano que tenemos delante está sufriendo en su interior. Es lo que parece que ocurre al principio del libro, cuando escuchamos a Job decirle a su mujer: «si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?» (2,10). Así, cuando las cosas van mal y se produce una desintegración vital total, muchas veces el ser humano que sufre se presenta manteniendo su aparente integridad exterior y el sentido de coherencia de su vida, lo que implica un gran coste personal: «desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor» (1,21).

No será hasta la entrada del género poético – en el capítulo 3 – cuando nos demos cuenta de que Job ha estado sufriendo todo este tiempo, aunque en los capítulos 1 y 2 se mostrase exteriormente piadoso. La poesía nos da acceso al mundo interior de Job y, por eso, nos enseña a respetar la existencia individual de cada ser humano. Es decir, nos ayuda en nuestro ministerio pastoral a estar abiertos a las diferentes voces que aparecen en los encuentros con las personas sufrientes; nos dispone a aceptar la complejidad que experimenta el ser humano en los momentos de dolor; nos alerta para no responder con nuestras propias ideas o nuestra propia tradición a las historias personales de quienes sufren; y, finalmente, nos dispone a entender el enorme coste personal que supone mantener en silencio el sufrimiento para no mostrar la propia vulnerabilidad. En definitiva, «la intrépida exploración del problema del sufrimiento del inocente en el libro de Job, advierte contra las respuestas ensayadas y las expresiones baratas de piedad de las personas que sufren»[11].

«Job se encuentra de repente con lo que más le aterraba: una vida desgraciada y sin futuro, llena de sobresaltos; no es la muerte lo que lo aterra»[12]. También en nuestro ministerio pastoral nos encontramos con situaciones similares: acompañamos a personas que han pasado por lo que más temían en sus vidas y que han perdido su propio sentido de completud. Personas que han visto cómo se rompían sus «imaginaciones morales» – en palabras de Newsom – acerca del mundo, cómo se perdían sus propias narrativas, cómo desaparecían las seguridades que hasta entonces fundamentaban su existencia. Y en momentos como estos todos necesitamos que alguien nos escuche. Nos hace falta alguien que esté a nuestro lado, que dé espacio a nuestras preguntas y nos sostenga en medio del miedo y de la soledad. Porque, en definitiva, somos seres en relación. Y es justo ahí donde radica la importancia pastoral del libro de Job. Más aún, es ahí hacia donde apunta finalmente todo el aprendizaje y el camino de transformación que este propone: necesitamos vivir en clave de relación con Dios. Por tanto, la respuesta a la cuestión del sufrimiento radica en la reconstrucción de los vínculos, en la capacidad del ser humano sufriente para suturar una nueva relación de confianza – quizás rota por el dolor – con Dios.

¿Es el sufrimiento un camino abierto hacia Dios?

Otra pregunta con fuertes implicaciones pastorales, con la que el libro de Job nos pone en contacto, es la siguiente: ¿de verdad es necesario el sufrimiento para probar la relación del ser humano con Dios? Sin lugar a dudas, el dolor tiene esa amarga capacidad de irrumpir en nuestras vidas y, cuando esto ocurre, lo invade casi todo. El sufrimiento aparece a menudo sin avisar y, al hacerse presente, consigue convertirse en compañía indeseada que inquieta, perturba y amenaza. Ante esta realidad que se nos impone, resulta duro pensar que Dios nos manda ciertas pruebas con el objetivo de llevarnos al límite, pues esto implicaría asumir que Dios es el autor del sufrimiento. Sin embargo, no es tampoco fácil dejar pasar el tiempo sin que emerga otro profundo dilema: ¿es inevitablemente el sufrimiento un puente dinamitado que corta y hace imposible el camino hacia Dios? O, por otra parte, ¿el sufrimiento coloca – sin más – ante los ojos una alfombra roja que obliga a la aceptación sin fisuras del dolor como parte de un plan querido por Dios en su indescifrable bondad?


DONA

El libro de Job nos puede iluminar al respecto, porque la teología que en él se expresa, habla de una sabiduría que, desde la fe, busca alumbrar un acercamiento lúcido y auténtico del ser humano a Dios. Para Job existen situaciones de sufrimiento que no proceden del pecado personal, sino de las grietas o fallas inherentes a la misma creación. En otras palabras, Job asume que la realidad tiene sus propios límites, que el mundo es de algún modo imperfecto y que la respuesta acerca de por qué sufren injustamente los inocentes o los justos solo la tiene el mismo creador. Por eso, muchas veces la ley de la retribución – característica del libro de los Proverbios y criticada en el de Job – no sirve para acercarse ni para responder al sufrimiento del otro, sino para mantener la coherencia de nuestra propia visión o tradición intelectual. Como sostiene el biblista estadounidense Daniel Harrington: «El libro de Job no resuelve el problema del sufrimiento del inocente. Sin embargo, pone de manifiesto la insuficiencia de los enfoques del sufrimiento que atribuyen toda la responsabilidad a la persona que sufre: la ley de la retribución, la suposición de que todos los seres humanos son pecadores y, por tanto, merecen sufrir, y la idea de que el sufrimiento es una disciplina de Dios. Por supuesto, hay algo de verdad en todos estos planteamientos. Pero en algunos casos de sufrimiento del inocente (como el de Job), no parecen aplicables»[13].

Desde el comienzo del libro queda claro que Job libra una ardua batalla interior no exenta de grandes dificultades espirituales. Pero una batalla que también implica duros padecimientos físicos: «hirió a Job con llagas malignas, desde la planta del pie a la coronilla» (2,7); así como económicos: «Haz lo que quieras con sus cosas» (1,12), le dice Yahvé a Satán. Sin embargo, al final de esta lucha exigente queda patente que ni Dios manda el sufrimiento ni pone a prueba al justo por sus equivocaciones o pecados: por dos veces «el Señor preguntó a Satán: ¿de dónde vienes?» (1,7.2,2). Por tanto, desde los primeros capítulos el autor ya anuncia que Dios no es el culpable que envía de forma vengativa el mal y el dolor. Yahvé es, muy al contrario, el Señor de la creación que ejerce su dominio sobre todas las realidades presentes en ella. También sobre el bien y el mal. Así, a pesar de las sospechas sembradas por Satán («el acusador»), no parece que Dios reclame para sí nuestro sufrimiento y por eso nos envíe pruebas que nos causan un dolor tan atroz. Eso sí, en el sufrimiento podemos encontrarnos con un Dios que no se repliega, sino que sigue deseoso de comunicarse salvíficamente con el ser humano en medio de su tribulación.

Pues bien, después de un sinfín de avatares y conversaciones con sus tres amigos, que a veces se convierten en un callejón sin salida, Job es capaz de intuir que a Dios no se lo conoce solo a través del arrepentimiento humano por aquello que podamos hacer mal. En cambio, para Job se torna evidente que cuando nos vemos inmersos – por el motivo que sea – en el mundo del dolor, sigue siendo posible nuestro encuentro con Dios. De hecho, en la espesura del sufrimiento, Dios se manifiesta al ser humano como el único que salva. Allí donde parece que el Señor se esconde o – más doloroso aún – donde nos da la impresión de que su atención se torna problemática y la supuesta protección que nos ofrece se convierte realmente para nosotros en una opresión, allí Dios se muestra como aquel en quien sigue siendo sensato poner nuestra esperanza una vez más. Así, en tiempos de sufrimiento, es buena noticia saber que el dolor no corta indefectiblemente el camino de encuentro entre el hombre y Dios. Esta sabiduría presente en el libro de Job nos invita, en en los diversos servicios de nuestro ministerio pastoral, a mantener y transmitir la confianza fundamental en el Señor.

Extraido de (La Civiltà Cattolica 2023)

Autor:  ALBERTO CANO ARENAS