La historia de DINA, JOSE Y SUS HERMANOS…
Las historias de Dina y José son historias de
violencia, amor y venganza. Dina es violada por Siquem, luego se convierte en
el interés amoroso del joven y, finalmente, mientras su padre calla, es vengada
con deplorable violencia por sus hermanos Simeón y Leví (cfr. Gn 49,5-7).
José es el hijo amado de Jacob que atrae sobre sí el odio de los demás
hermanos, que conciben contra él malas intenciones.
Son historias que nos hablan de amores desequilibrados, pero también de
violencia ciega. Simeón y Leví se aprovechan implacablemente de la debilidad de
los siquemitas para actuar con brutalidad y salvajismo. Los hermanos de José
llegan a planear la muerte de José y, si no lo consiguen porque uno de ellos
vacila, no tienen reparos en herirlo, desnudarlo y arrojarlo a un pozo, para
luego hacerlo llevar como esclavo a Egipto. Esta vez, sin embargo, no se trata
de violencia contra una ciudad extranjera para salvar a su hermana secuestrada,
sino de violencia contra su propia carne y sangre, fruto de la envidia y los celos
que destruyen la fraternidad.
Por otra parte, la figura paterna de Jacob también es
problemática, al mostrarse tan indiferente ante los abusos sufridos por Dina como
fuertemente vinculado a su hijo José, hasta el punto de desesperarse y
lamentarse ostensiblemente por su desaparición.
La respuesta a la violencia con más violencia, sin embargo, no es
automática, porque mientras los hijos de Jacob se convierten en brutales
agresores, José no responde al mal con más mal, sino que deja espacio para el
perdón, lo que les permite encontrarse como hermanos y comprender cómo Dios
actúa en la historia convirtiendo el mal en bien.
Por dos veces, José tranquiliza a sus hermanos, invitándolos a no tener miedo de él. El mal sufrido no se vengará produciendo más mal, porque Dios tiene el poder de convertirlo en bien para todos. Vencer el mal con el bien es obra de Dios, y José acabó por comprenderlo al final de su historia. Como decía San Pablo: «No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien» (Rom 12,21).
Esta es la actitud de Dios, que el ser humano está llamado a imitar.
(Extraído
de :LA CIVILTÁ CATTOLICA – Por Vincenzo Anselmo)
