Quizá es por miedo; ha llevado tantos años forjar ciertas relaciones, que uno teme volver a embarcarse en una empresa igual. Pasados los años de juventud, puede sentir que no está ya para iniciar nuevas aventuras y mucho menos abrir de nuevo el corazón para quizá salir maltrecho.
También puede ocurrir que, satisfecho plenamente con las actuales, uno no sienta necesidad ni interés en buscar nuevas. Pero cuando nos abrimos a lo inesperado pueden ocurrir cosas asombrosas.
Hay personas que llegan para dar un soplo nuevo a nuestra vida de forma aparentemente fortuita. Te las encuentras en el momento preciso, sin esperarlas ni buscarlas; quizá en épocas de gran vulnerabilidad o sufrimiento, en situaciones vitales marcadas por cambios que dan vértigo o como respuesta a un grito ahogado al Señor. Aparecen por pura providencia, como una gracia delicada que sutilmente llena el corazón. Son (o así me lo parecen a mí) amistades del Espíritu, aquellas con las que tan pronto te puedes ir de copas como de adoración eucarística.
Dice la escritora Lucía Martínez Alcalde en su blog makelovehappen.blog que la tan repetida frase de “los amigos son la familia que uno elige” no es del todo cierta: “Creo que con los amigos, como con la persona con la que te casas, aunque, efectivamente, hay una parte de elección, también existe una parte de don, de regalo”. A Lucía le debo haberme hecho llegar a esta cita maravillosa de C.S. Lewis sobre la amistad en Los cuatro amores: “Para un cristiano, estrictamente hablando, no hay casualidades. Un secreto Maestro de Ceremonias ha entrado en acción.
“Hay personas que aparecen por pura providencia, como una gracia delicada que sutilmente llena el corazón”
Cristo, que dijo a sus discípulos: ‘Vosotros no me habéis elegido a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros’, puede realmente decir a cada grupo de amigos cristianos: ‘Vosotros no os habéis elegido unos a otros, sino que Yo os he elegido a unos para otros’”.
Esto explica que surjan amistades de los modos más inexplicables, incluso con quienes no hay aficiones comunes ni están en las mismas circunstancias vitales que nosotros. Son, sin duda, esos amigos que el Espíritu suscita en un momento muy concreto y que quizá no hubieran fraguado hace unos años o en otras circunstancias. Llegan cuando tienen que llegar.
Porque hay algo en nosotros y en ellos que quizá ha cambiado, y ha hecho posible una comunión antes impensable. Pero lo más importante es que a través de ellas palpamos la misericordia de Dios, sentimos que Le importamos y que nos busca de forma misteriosa las personas necesarias para conducirnos hacia Él en cada instante de nuestra historia.
Las nuevas no quitan un ápice de valor a las viejas amistades; las de siempre, las de aquellas personas que saben perfectamente cómo respiramos y que se mantienen incólumes a pesar de esa forma de ser nuestra tan singular con la que ya han aprendido a convivir a fuerza de años. Son, unas y otras, importantes y necesarias en nuestra vida. Dios se vale de todas ellas como un regalo mutuo inmenso que nos hace palpable Su amor providente y misericordioso en cada etapa incierta de nuestra existencia.
Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión
por: Isis Barajas