Cuando se examinan las grandes obras maestras de la
literatura o del cine, no puede dejar de impresionar el modo en que las
realidades familiares se encuentran a menudo en el corazón del drama o del
enredo. Complejidad de las relaciones entre parientes, entre hermanos y
hermanas, entre padres e hijos, entre familias emparentadas o vecinas. La vida
familiar parece ofrecer una gama casi infinita de situaciones que brindan al
talento del escritor o del cineasta la ocasión de apasionarnos y de hacernos
reflexionar. Al examinar esta realidad multiforme, estos observadores de la
vida familiar encuentran en ella lo peor y lo mejor. Se encuentran en efecto
generosidad, bondad, sacrificios, así como también abusos a veces terribles,
cerrazón y sufrimiento. Los autores bíblicos no escapan a esta constatación, y
el lector atento encontrará en los escritos bíblicos la misma riqueza
antropológica, la misma atención a la complejidad de las familias humanas.
Se trata de una realidad humana y social
fundamental: las familias revelan de lo que es capaz el corazón humano, tanto
para el bien como para el mal. Las familias pueden estar heridas, marcadas por
el pecado y el silencio, pueden ser lugares de dolor y de locura, pero también
—¡y a menudo por gracia de Dios!— pueden ser lugares de crecimiento y de
bondad, de belleza y de perdón, de palabra y de verdad. Esto vale tanto para la
vida de la pareja parental —que es su fuente y su base—, como para las relaciones
entre padres e hijos, que son su fruto. Para cada uno de estos casos, no son
solamente los relatos bíblicos los que nos ofrecen materia de reflexión, sino
simplemente nuestras propias familias.
Cada uno de nosotros tiene su propia experiencia, y
esto en los diferentes niveles de la realidad familiar. En cada familia hay, en
efecto, sombras y luces, cosas y acontecimientos de los que no se debe hablar,
y personas cuyo coraje se transmite silenciosamente a los demás. Una esposa o
un esposo que cuida de su cónyuge enfermo con una entrega incondicional. Padres
que cuidan de sus hijos con paciencia amorosa. Hermanos y hermanas generosos y
solidarios entre sí cuando uno atraviesa un momento difícil. Pensemos también
en padres con un hijo víctima de las drogas.
Por otra parte, todos conocemos celos extraños e
implacables entre hermanos y hermanas, padres ausentes que se desentienden de
sus hijos, hermanos y hermanas que se hacen daño, estúpidamente y con amargura,
por una herencia, sufriendo por antiguas heridas mal digeridas, parejas en las
que el amor se ha transformado en guerras con trincheras más o menos
silenciosas. ¿De dónde viene una paleta tan amplia?
La familia, creación de Dios
Pues bien, en nuestra visión del mundo la familia
pertenece al orden de la creación, es creación de Dios. Una creación buena,
pero herida. Sí, «Dios vio que […] era muy bueno» (Gén 1,31).
La realidad familiar pertenece a los primeros relatos de la creación, al inicio
del Génesis. Lo que está en el principio, lo que se debe esperar, es el bien,
el amor, el don, la generosidad. De hecho, Dios nos creó para que
experimentáramos estos sentimientos, y la familia es el primer lugar donde se
viven las virtudes fundamentales para las que está hecho nuestro corazón.
Todo ser humano, creyente o no, espera esto de sus
padres, del núcleo familiar, y se ve afectado cuando no sucede. Todo joven vive
con la convicción, a menudo implícita, de que el amor entre sus padres es
eterno, y sufre con su separación, como lo demuestran fácilmente todas las
investigaciones sociológicas. Es en la familia donde se encuentran los primeros
«prójimos»: cada cónyuge es para el otro un prójimo, alguien de quien debe
cuidarse en primer lugar; también los hijos son «los prójimos» de sus padres, y
viceversa.
Por otro lado —y esto lo sabemos demasiado bien—,
la creación está marcada por el pecado. Y la familia es tan esencial para el
bien de cada ser humano que el mal que en ella ocurre afecta profundamente a
cada uno, crea heridas que requieren mucho tiempo para cicatrizar. Un hijo
abandonado al nacer, una esposa traicionada por su esposo, un hermano que no
habla con sus hermanos desde hace diez años, primos en disputa por un terreno
viven un sufrimiento que pesa tanto sobre su alegría de vivir como sobre su fe.
Las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, son una fuente
preciosa de luz sobre nuestra realidad familiar. Nos transmiten tres «buenas
noticias», tres Evangelios.
Ante todo, las Escrituras nos muestran familias
concretas, reales, carnales, en el sentido de no idealizadas. Es importante
captar que el mensaje —en realidad, muy breve— de Cristo sobre la pareja, base
de la familia, está arraigado en las Escrituras: el Evangelio no puede
comprenderse sin el Antiguo Testamento. Por eso conviene recorrer, aunque sea
rápidamente, los escritos del Antiguo Testamento.
El primer libro de la Torá, el Génesis, presenta
ampliamente —por ejemplo, en lo que respecta a personajes clave del relato—
toda una serie de situaciones familiares que han marcado o marcan la historia
de la humanidad: la poligamia, ciertamente, con sus diversas justificaciones;
la maternidad por sustitución (con las dos siervas de Lía y Raquel: Bilhá y
Zilpá; cf. Gn 29–30); el incesto (con las hijas de Lot: Gn 19);
la violación (el caso de Dina: Gn 34); un esposo que empuja a
su esposa al adulterio (Abraham: Gn 20); la rivalidad de los
hermanos por una bendición paterna; los celos entre hermanas; la maldición de
la esterilidad.
Por otra parte, la Biblia también nos habla del
amor conyugal con emoción y sobriedad. Leemos este espléndido versículo: «Jacob
trabajó siete años para poder casarse con Raquel, pero le parecieron unos pocos
días, por el gran amor que le tenía» (Gn 29,20). Vemos el amor
fraterno de José: «José salió precipitadamente porque se conmovió a la vista de
su hermano y no podía contener las lágrimas. Entró en una habitación y lloró» (Gn 43,30).
En un sentido más amplio, podríamos leer la enseñanza del Génesis como una
inmensa reflexión sobre la familia, sobre sus bellezas y sus dramas[1].
El Génesis puede leerse como un eficaz relato
educativo, que trata de mostrar cómo se construye, a lo largo de los años, un
amor conyugal que vence el egoísmo (Abraham), un amor fraterno que vence los
celos y el crimen (Jacob y sus hermanos). Desde el punto de vista teológico,
intenta mostrar que, si es Dios quien da la vida, la pareja humana posee —por
voluntad de Dios— esta misma capacidad; y que, si es Dios quien perdona, el ser
humano posee igualmente esa inmensa capacidad de regenerar los vínculos[2].
En el resto de la Biblia aparecen también
comportamientos terribles: Jefté, que parece ofrecer a su hija en holocausto
por un juramento hecho a Dios (¿acaso puede corresponder —en versión femenina—
a Abraham dispuesto a ofrecer a Isaac?). El padre Beauchamp ya decía: «Las
Escrituras nos hablan de modo elocuente de los pecadores, no menos de lo que
nos hablan de los santos, y esto es insustituible»[3]. La Escritura nos habla de familias
de verdad, y por lo tanto también formadas por pecadores, y esto es una «buena
noticia».
Padres e hijos en la Biblia
«Los
escritos bíblicos saben entrelazar el canto alegre de los encuentros amorosos,
la espera feliz o desesperada del nacimiento, los gritos desgarradores de las
violaciones cometidas por los guerreros y las críticas a las intenciones
logradas de los placeres violentos de los poderosos. La sexualidad sigue siendo
enigmática, y no puede calificarse éticamente sino por aquello que realiza en
el cuerpo individual y en el cuerpo social»[4].
En el centro de los Libros de Samuel, que nos narran los destinos contrapuestos
de los dos primeros reyes de Israel, Saúl y David, descubrimos a dos padres
enfrentados a sus hijos.
Por
un lado, tenemos a Saúl, un personaje trágico que fracasa en establecer una
relación duradera tanto con Dios como con su hijo Jonatán. Este último
demuestra una lealtad admirable hacia su padre, sin traicionar jamás su
conciencia ni a David. Saúl le reprocha esta actitud, pero nunca puede
encontrar en él un motivo de condena. Jonatán es, sin duda, una de las figuras
más admirables del Mesías en la Biblia hebrea: es el único ser humano del que
la Escritura dice que amó a su prójimo como a sí mismo, y ese prójimo es David
(cf. 1
Sam 18,1). Reconoce en David aquello que lee en su propio
corazón: un hombre que se preocupa por Dios y por la defensa del pueblo[5].
Jonatán
es el hombre que ha vencido toda envidia —¿acaso David no es, al fin y al cabo,
el hombre que podría arrebatarle el trono de su padre?— y que desea el bien de
su amigo tanto como el de su padre. Y muere como un héroe, combatiendo junto a
su padre en los montes de Gelboé, provocando el gran lamento de David, una de
las elegías más bellas jamás escritas: «¿Cómo han caído los héroes en medio del
combate? ¡Has sucumbido Jonatán en lo alto de tus montañas! ¡Cuánto dolor
siento por ti, Jonatán, hermano mío muy querido!» (2 Sam 1,25-26a). Aquí vemos cómo
un hermano (en la fe) llora por su hermano.
Frente
a Saúl, tenemos a David, un hijo menor que no parece ser estimado por su padre,
y que vivirá una serie de decepciones cada vez más terribles con sus propios
hijos: Amnón, que abusa de su hermana Tamar, y sobre todo Absalón, el hijo que
se rebela contra su padre. Si Jonatán es el modelo del hijo obediente, aunque
libre y orgulloso, Absalón es el prototipo del hijo rebelde. Este relato, por
lo demás, es el único de la Biblia que incluye varias veces el término
«evangelio», «buena noticia».
Es
con ocasión del anuncio de la muerte de Absalón que vemos a dos hombres correr,
dos mensajeros. El siervo etíope corre, seguido y luego superado por Ajimáas,
que corre más rápido que él. Pero la buena noticia que deben anunciar al rey
David es ambigua. En efecto, la buena noticia de la victoria de David es
también la de la muerte de su hijo: «El centinela […] vio a un hombre que
corría solo. […] Luego el centinela dijo: “Por la manera de correr, me parece
que el primero es Ajimáas, hijo de Sadoc”. Entonces el rey dijo: “Es una buena
persona: seguro que viene con buenas noticias”» (2 Sam 18,24-27). El etíope había
salido primero, pero Ajimáas había insistido en correr: «Quiero correr también
detrás del etíope…». Cuando David recibe la noticia, se dice: «El rey se
estremeció, subió a la habitación que estaba arriba de la Puerta y se puso a
llorar. Y mientras iba subiendo, decía: “¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo
mío, Absalón! ¡Ah, si hubiera muerto yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío!”» (2 Sam 19,1).
David
nos revela aquí la intimidad del corazón de un padre. ¿No nos revela acaso algo
del Padre? ¿No nos abre una ventana sobre lo que sufrió el Padre ante la muerte
del Hijo? Si un padre humano llora incluso por un hijo rebelde, ¿cómo llorará
el Padre del cielo por un Hijo obediente?
Saúl
y David nos ofrecen así una admirable iluminación sobre los corazones de los
padres, al igual que Jonatán y Absalón sobre los corazones de los hijos, y de
esta manera se comprende mejor la profecía que cierra la Escritura según los
Setenta: «Yo les voy a enviar a Elías […]. El hará volver el corazón de los
padres hacia sus hijos y el corazón de los hijos hacia sus padres» (Mal 3,23-24a).
A lo largo de toda la Biblia encontramos entonces hijos y padres que, aunque
pecadores, caminan con el Señor.
La familia al servicio de la fe
La
segunda «buena noticia» que nos enseñan las Escrituras es esta: la familia no
es un absoluto para las Escrituras y, por tanto, para los creyentes. La familia
es un medio al servicio de la santificación de cada uno de sus miembros. Lo
primero es la fe. Por eso se puede presenciar esta escena del Segundo libro de
los Macabeos, humanamente improbable y emocionalmente poderosa, en la que una
madre suplica a su hijo que muera por la fe: «Hijo mío, ten compasión de mí,
que te llevé nueve meses en mis entrañas, te amamanté durante tres años y te
crié y eduqué, dándote el alimento, hasta la edad que ahora tienes. Yo te
suplico, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra, y al ver todo lo que hay
en ellos, reconozcas que Dios lo hizo todo de la nada, y que también el género
humano fue hecho de la misma manera. No temas a este verdugo: muéstrate más
bien digno de tus hermanos y acepta la muerte, para que yo vuelva a encontrarte
con ellos en el tiempo de la misericordia» (2 Mac 7,27-29).
Por
esto vemos a María de pie bajo la cruz de Jesús, en la fuerza de la fe. El
hecho mismo de que un padre o una madre de familia pueda ser mártir, como santo
Tomás Moro, significa que hay algo más grande que la familia. Lo que viene
primero no es lo que se debe a los propios hijos, sino lo que se debe a Dios.
Si la familia se convierte en un absoluto, eso es idolatría y lo contrario del
Evangelio. Esto es lo que sucede a menudo en ciertas organizaciones criminales,
cuya estructura se basa en los lazos de sangre y se sostiene mediante la
endogamia entre los jóvenes miembros de las distintas familias. «Este tipo de
matrimonios tiene la capacidad de dar vida a un complejo mosaico de
parentescos, caracterizado por un entramado familiar intrincado […]. A lo largo
de varias generaciones ha habido un constante relevo que ha llevado a la
agregación de nuevas familias que se han unido»[6].
Es
contra esta concepción de la familia que Jesús tiene palabras contundentes, que
acentúan esta relativización de la familia: «Jesús le respondió: “¿Quién es mi
madre y quiénes son mis hermanos?”. Y señalando con la mano a sus discípulos,
agregó: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad
de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”» (Mt 12,48-50).
En la misma línea, Jesús dice: «No se hagan llamar “maestro”, porque no tienen
más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A Nadie en el mundo llamen
“padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial» (Mt 23,8-9). También por eso
rechaza con firmeza emitir juicios sobre herencias humanas: «Uno de la multitud
le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús
le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”» (Lc 12,13-14).
Hay,
por tanto, una paradoja en el corazón de la enseñanza de Jesús sobre la
familia: por un lado, él relativiza los lazos de sangre; por otro, exalta mucho
la alianza conyugal (que no se basa en la sangre, sino en la elección),
insertándose así en una corriente profética que, siguiendo a Malaquías, condena
cada vez con mayor severidad el repudio. Malaquías exclama: «El Señor ha sido
testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, aunque
ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho él un solo ser,
que tiene carne y espíritu? […]. Tengan cuidado, entonces, de su espíritu y que
nadie traicione a la mujer de su juventud» (Mal 2,14-15).
El
estudioso estadounidense John Meier ha demostrado bien, en su interesante
capítulo sobre el divorcio, que Jesús se refería a aspiraciones crecientes en
Israel respecto a la cuestión del matrimonio, de las que también se encuentran
rastros en la comunidad de Qumrán[7].
Las palabras de Jesús sobre el repudio quieren, ante todo, defender al débil, a
la mujer, víctima con demasiada frecuencia del arbitrio del esposo, quien solía
tener —como aún hoy en muchas regiones del mundo— una autoridad absoluta para
repudiar a su primera esposa.
Ciertamente,
la vida de pareja está llena de pruebas. Pero también es muy grande, para el
hombre dotado de poder o riqueza, la tentación de abandonar a la mujer de su
juventud y tomar una mujer joven y hermosa para así ilusionarse y negar, de
este modo, su propia mortalidad. El caso ejemplar es el del gran pecado de
David, ya convertido en rey, que nace de la codicia que lo llevó a tomar
primero a la mujer de su fiel servidor Urías el hitita, y luego a tramar su
asesinato para encubrir el adulterio. Algunos exegetas ven en este episodio
también la historia que inspiró a los sabios de Israel al escribir el relato de
la tentación en el Génesis. Como Betsabé (2 Sam 11,2), también el fruto del
árbol era «hermoso a la vista» (Gn 3,6).
Es en este contexto que debe entenderse el movimiento que llevará a
concebir el divorcio como una práctica detestable. La intención de los profetas
no es censurar las separaciones de hecho que, entonces como ahora, pueden
imponerse cuando las debilidades y errores de uno de los miembros de la pareja
hacen pesar sobre el otro un sufrimiento demasiado grande, poniendo en peligro
su vida física y psíquica. Se trata más bien de denunciar a quien busca un
cónyuge más atractivo o más rico y deja que su corazón sea aprisionado por la
pasión del adulterio: el cónyuge «fuerte» que se deshace del «débil».
Jesús
se inserta en esta tradición profética, y esto lo lleva a pronunciarse de
manera inequívoca sobre el repudio: «Él les dijo: “El que se divorcia de su
mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se
divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio”». (Mc 10,11-12).
Esta frase causó un gran asombro entre los discípulos, y ha generado grandes
debates entre los judíos de su tiempo y entre los cristianos de hoy. Incluso
antes de que se escribieran los Evangelios, Pablo había transmitido a los
corintios una enseñanza similar: «A los casados, en cambio, les ordeno –y esto
no es mandamiento mío, sino del Señor– que la esposa no se separe de su marido.
Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que
tampoco el marido abandone a su mujer» (1 Cor 7,10-11)[8].
Por
otro lado, Jesús sostiene la idea de que el celibato por el Reino es una opción
religiosa legítima, lo que relativiza necesariamente la posición de la familia,
si no en la «sociedad», al menos en la comunidad de fe. No son ante todo los
hijos quienes atestiguan la seriedad religiosa, sino la conversión personal,
cualquiera que sea el estado de vida. Al hacer del celibato una opción
legítima, Cristo ha hecho del matrimonio una vocación.
Como
afirma el teólogo Stanley Hauerwas, quien enseñó durante mucho tiempo
(1970–1983) teología de la familia en la Universidad de Notre Dame: «Formar una
familia ya no es algo que uno hace simplemente porque sí, o para cumplir una
obligación moral. Más bien, el matrimonio y la familia, como la vida en
celibato, se convierten en una vocación para construir una determinada forma de
comunidad». Él añade algo importante sobre la posición de los hijos en la
esperanza del creyente: «Los cristianos no depositan su esperanza en sus
propios hijos, pero estos hijos son un signo de su esperanza»[9].
La realidad más importante es Dios, es la vocación, es la fe.
Nuestra
fe nos lleva a ver en la familia no un absoluto, sino un lugar querido por Dios
en el que cada uno puede aprender a hablarle personalmente. Cuando se celebra a
la «Sagrada Familia», no se celebra a la familia con F mayúscula, sino a una
familia en la que cada uno ha sido llamado a recibir su propio camino hacia
Dios, en la que cada uno ha escuchado al Padre de manera única. El camino de
María no fue el de José, y también Jesús tuvo su propio camino.
Esta
es la segunda «buena noticia»: la familia no es un absoluto, pero, si cada uno
de sus miembros se orienta hacia Dios, entonces puede convertirse en un lugar
de santidad extraordinaria. ¿Y cómo no notar que Cristo, para hablar del
aspecto más esencial de su relación con Dios, lo llama «Abbá, Padre» y hace referencia
constantemente al lenguaje familiar? «Todo me ha sido entregado por mi Padre; y
nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y
aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). El misterio de una
filiación extraña, propiamente divina, está en el corazón de la fe. La familia
proporciona a Jesús la más esencial de sus palabras: la de Padre; y a Pablo, la
más fundamental de sus metáforas para hablar de la vida eclesial: la de la
fraternidad. «Todos los hermanos les envían saludos. Salúdense los unos a los
otros con el beso santo» (1 Cor 16,20).
La reciprocidad evangélica en el corazón
de la familia
La
tercera «buena noticia» que nos presentan las Escrituras proviene de la visión
profundamente sorprendente y contracultural de la pareja humana y de la familia
que propone el apóstol Pablo. En esta visión, es la ley de la reciprocidad y de
la humildad la que debe presidir las relaciones familiares. La familia es un
lugar para vivir el don de sí mismo que está en el corazón del Evangelio.
Durante muchos siglos, el matrimonio cristiano, fundamento de la familia, ha
estado sometido al peso de modelos culturales que contenían elementos
positivos, pero también una notable parte de sombras.
Debemos
reconocer que, en el cristianismo europeo, un modelo social muy extendido
imponía «la autoridad marital del esposo sobre su esposa y el poder paterno del
padre sobre sus hijos»[10].
Así se describe un compromiso de muchas uniones cristianas con prácticas
mundanas que, desde los inicios de la Iglesia, se han enfrentado con el mensaje
radical del Evangelio. En las Cartas Pastorales aparecen «códigos domésticos»
inspirados en textos helenísticos sobre el buen gobierno del hogar, que parecen
convalidar la sociedad patriarcal de la época (cf. 1 Tm 2,8–5; Col 3,18–4,1; Tit 2,1–10).
Para estas pequeñas comunidades cristianas, marginadas en la sociedad
grecorromana, se trataba de demostrar que no eran revolucionarias, que no
pretendían subvertir el orden social, que no merecían ser tratadas como
propagadoras de una superstición violenta, sino que estaban formadas por
hombres razonables, justos y religiosos (cf. Tit 2,12).
En
el centro de su ethos, de su práctica fraterna, había un ideal de
reciprocidad en la sumisión mutua que convertía a cada miembro en un hermano o
una hermana en Cristo gracias al bautismo: «Todos ustedes, que fueron
bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo. Por lo tanto, ya no hay
judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes
no son más que uno en Cristo Jesús» (Gál 3,27-28). Cuando Pablo escribe
a los corintios que en la pareja cristiana «la mujer no es dueña de su propio
cuerpo, sino el marido; igualmente, el marido no es dueño de su propio cuerpo,
sino la mujer» (1 Cor 7,4), enuncia un principio revolucionario que
todavía debemos aprender a vivir. Como decía el p. Aleksandr Men, mártir ruso
asesinado en 1990: ¡el cristianismo apenas ha comenzado[11]!
Siempre es necesario que la realidad conyugal y familiar se inspire en estas
frases de la Carta a los Filipenses: «Que la humildad los lleve a estimar a los
otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su
propio interés, sino también el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de
Cristo Jesús» (Flp 2,3b-5).
En
conclusión, a pesar de las innovaciones sociales arriesgadas y criticables en
muchos países, a pesar de las separaciones demasiado numerosas y de los hijos
que sufren, vivimos un kairós, un momento de oportunidad
extraordinaria para la pareja y para la familia cristiana. ¿Por qué? Porque
—quizás por primera vez en la historia— podemos vivir, por así decirlo,
radicalmente las exigencias, ciertamente elevadas, del Evangelio: ningún sistema
sociocultural tradicional determina excesivamente a las familias. Al contrario,
es a causa de una cierta disgregación y de un debilitamiento real que afectan a
todos los vínculos sociales, empezando por los familiares.
Durante
siglos, cuántos matrimonios fueron concertados o impuestos, cuántas vidas
—sobre todo femeninas— se vivieron en la sombra, en la repetición de roles
familiares impuestos, en los que se trataba de seguir un modelo que tenía poco
que ver con el Evangelio. Hoy, ciertamente, las fuerzas centrífugas que actúan
sobre la pareja y la familia son intensas; las conocemos bien: el ritmo del
trabajo que influye en el tiempo compartido en familia, los valores culturales
que otorgan más importancia al placer inmediato que a las virtudes de la
paciencia y la resistencia por el bien mismo del amor.
Pero,
por otra parte, ¡cuántas oportunidades existen para mostrar la fecundidad del
enfoque cristiano de la vida y de la familia! La valorización de la palabra,
del compartir, del perdón, de la paciencia; la alegría provocada por el don
recíproco de los esposos cada día, en un movimiento en el que cada uno
considera al otro superior a sí mismo (cf. Flp 2,3); y, entre padres e hijos,
la alegría que nace del hecho de tener una visión generosa —y no maltusiana— de
la vida; la alegría provocada por el hecho mismo de no considerar la vida como
un absoluto —solo Dios es el absoluto—, sino como un lugar privilegiado donde
vivir el Evangelio, donde realizar lo que el Señor espera de nosotros en esta
vida; la alegría de donarse de la misma manera en que el Señor se dona, de
convertirse en pan los unos para los otros; en otras palabras, el hecho de que
cada cónyuge pueda decir al otro: «Toma y come»; el hecho de que los padres
puedan sentirse felices de dar a sus hijos, y los hijos felices de vivir no
para devolver algo a sus padres, sino para dar, a su vez, generosamente, a su
manera, según su vocación.
El
Sínodo dará frutos en la Iglesia si es, ante todo, expresión de todo aquello
que la familia permite vivir cuando se abre a una realidad más grande que ella
misma, expresión de todo el bien y la belleza que se vive de forma silenciosa y
gozosa en muchas familias; y si encuentra palabras para alentar a todos
aquellos que deben enfrentarse a los sufrimientos y a los males que acompañan
las realidades familiares, de modo que las comunidades cristianas lleguen a ser
cada vez más lugares de descanso y de celebración, de sanación y de palabra, de
apoyo y de solidaridad, ese «hospital de campaña» del que hablaba el papa
Francisco. Para luchar contra aquello que hiere o desfigura la vida familiar,
ayer, hoy y mañana, hay siempre un solo instrumento: el Evangelio.
Extraido de: La Civiltà Cattolica
2025
Por Marc Rastoin