SERIE SOBRE LA VIDA ESPIRITUAL
“La oración del corazón”
(Parte I)
El lugar más apropiado es el desierto; es decir, un lugar apartado. Allí se retiraban en todo tiempo los monjes y ermitaños. El Salvador mismo se apartaba por las noches a una montaña o a un lugar solitario para la oración. Puesto que nosotros vivimos en el mundo, hemos de seguir, en primer lugar, el consejo de Jesús: ‘Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará’ (Mt 6,6). Este aposento es el corazón, al que debemos retirarnos para poder darle a la oración la atención necesaria.”
El que quiera enriquecer e intensificar su vida de oración, encontrará una práctica muy valiosa en la tradición de la Iglesia oriental: Es la así llamada “oración del corazón” u “oración de Jesús”.
Para no dar lugar a malos entendidos, vale aclarar que esta forma de oración hace parte del rico tesoro de la Iglesia Universal, si bien es practicada sobre todo por los fieles de la ortodoxia. No es, de ninguna manera, una práctica ajena que provenga de las formas de meditación de otras religiones orientales; sino que es genuinamente cristiana. Actualmente se está introduciendo también cada vez más en la Iglesia católica romana. En efecto, la oración del corazón puede responder de forma fructífera a nuestro anhelo de silencio y recogimiento.
San Pablo nos exhorta a “orar sin desfallecer” (1Tes 5,17). De hecho, la oración constante es una forma maravillosa de que el corazón se transforme bajo el influjo del Espíritu Santo; además de ser un arma potente contra los espíritus del mal.
Los orígenes de la oración del corazón se encuentran en la Sagrada Escritura y está relacionada con lo que conocemos como “jaculatorias”. Los judíos practicantes, por ejemplo, también solían repetir con frecuencia el Shema Israel (Escucha, Israel).
Entre los siglos III y VI, los monjes egipcios sistematizaron esta forma de oración, llegando también a una fórmula clásica, después de muchas formulaciones precedentes.
Esta fórmula clásica es: “Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí.”
“La oración de Jesús es también una profesión de fe trinitaria. En ella, confesamos a Jesús como Hijo de Dios y verdadero Dios; también confesamos a Dios Padre como Padre de Nuestro Señor Jesucristo; y, aunque sea indirectamente, confesamos también al Espíritu Santo, porque nadie puede decir que Jesús es Dios si no es movido por el Espíritu Santo (cf. 1Cor 12,3). En realidad, es el Espíritu Santo mismo quien ora en nosotros y por nosotros, y lo hace con gemidos inenarrables (cf. Rom 8,26). La oración de Jesús, al igual que cualquier otra oración, es una oración en el Espíritu Santo.”
En la oración del corazón imploramos la compasión de Dios... Su última parte –“ten compasión de mí”– se basa en las palabras que el publicano, agachada la cabeza y dándose golpes de pecho, pronunciaba en la parábola que Jesús nos relata: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!” (Lc 18,13).
El auge de la oración del corazón se dio entre los siglos XII y XIV en el Monte Athos. Esta isla, cercana a Grecia, está poblada exclusivamente por monjes, que viven en monasterios o ermitas Y son maestros en el camino espiritual, quienes transmitían a las personas el tesoro de su experiencia con esta oración.
Podría ser providencial el hecho de que ahora esta oración se esté difundiendo también en el Occidente, porque este Occidente, que solía ser católico, parece estarse muriendo de hambre espiritual. No pocas personas buscan, por ello, formas de meditación oriental, queriendo adentrarse en sí mismas y encontrar silencio. Sin embargo, desde nuestra perspectiva cristiana, estas meditaciones orientales tienen su problemática, porque están abiertas al influjo de otras religiones, que, además de tener elementos valiosos, contienen aún muchos errores y pueden, por tanto, llevar a la confusión.
La oración del corazón, en cambio, si se la practica de forma apropiada, es una gran ayuda y puede conducir a la antesala de la contemplación. Por eso, es una práctica muy recomendable, especialmente para aquellos que quisieran intensificar su vida de oración.
(Parte II)
Las disposiciones para la oración de Jesús son, al igual que para cualquier otra oración, las siguientes: Estar en paz con el prójimo, liberarse de excesivas preocupaciones, una cierta disposición del alma, un lugar tranquilo... Nadie puede rezar una oración pura –esto es, una oración que no esté empañada por pensamientos extraños, por impresiones externas de los sentidos y recuerdos– mientras no esté en paz con el prójimo. La falta de perdón y la permanencia en la discordia nos llenan de fuerzas negativas que enturbian el corazón. Lo mismo sucede con el exceso de preocupaciones.
Ciertamente podemos recurrir a la oración también para poder enfrentarnos a fuertes sentimientos negativos, a pensamientos que nos acosan o a ataques concretos del Diablo. Sin embargo, para nuestra oración diaria es importante estar en un estado de paz interior. La oración ha de ser un instrumento que nos ayude a recorrer mejor el camino de la santidad.
Los maestros de la oración del corazón nos enseñan que nuestra mente, tan fácilmente dispersa y entretenida en cosas exteriores, debe adentrarse en el corazón, que es el centro de la persona. La constante repetición del nombre de Jesús y la concentración en el corazón permiten que el Espíritu Santo penetre más profundamente en nosotros
la fórmula clásica –“Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí”– es una ayuda para adentrarse en la oración del corazón, no se excluyen otras jaculatorias. Algunos sólo pronuncian una y otra vez el Nombre de Jesús; otros repiten una breve palabra de la Sagrada Escritura; otros invocan al Espíritu Santo...
Lo que sí es importante para ejercitarse con regularidad en esta oración es que se conserve la misma jaculatoria por la que se haya optado; o se la cambie sólo en contadas ocasiones. Se trata de que el corazón se acostumbre a la invocación del Nombre de Jesús o de otra de las Personas de la Santísima Trinidad.
Las horas tempranas en la madrugada –después de un sueño tranquilo– son muy apropiadas para la oración. Los monjes de la cristiandad oriental prefieren las horas nocturnas para la oración, por el silencio único que se encuentra en ellas.
Entonces, si estamos en una buena disposición espiritual y tomamos en cuenta también las ayudas externas, deberíamos comenzar con una oración del corazón regular. Para los principiantes, es aconsejable empezar con algunos minutos, especialmente en las mañanas. Algo que es de gran ayuda y que es muy común entre los monjes es la utilización de una cadena de oración, que se denomina “komboskini” o “chotki”. La cadena grande suele tener cien perlas o nudos, de modo que se pueden ir pasando las cuentas mientras se reza una y otra vez en silencio la jaculatoria. También hay cadenas de oración con cincuenta o treinta y tres nudos.
Por supuesto que al inicio también se puede pronunciar la oración en voz baja, para facilitarla y para contrarrestar las dispersiones. Pero conviene que, cuanto antes, nos habituemos a orarla en silencio. Si uno no tiene la cadena de oración específica, se puede usar del mismo modo el rosario.
Podríamos decir que, con la ayuda de la oración del corazón, se va formando en nuestro interior una especie de celda monástica, a la que podemos retirarnos aun en medio de mucho ajetreo. Podemos rezarla mientras manejamos, mientras estamos en una sala de espera y en muchas otras ocasiones. La oración del corazón ha de ayudarnos a adentrar en el silencio interior, pero podemos orarla aun cuando no estemos en un ambiente de silencio exterior.
(Parte III)
Quien se haya adentrado en la oración del corazón por un buen tiempo y la practique con regularidad, podrá experimentar la dicha de que esta oración realmente se hace presente en el corazón. Se nos vuelve fácil retirarnos a esa “celda interior” que se ha formado gracias a la oración, precisamente en aquellos momentos en que el ruido estorba y estamos más expuesto al peligro de la dispersión. Pero aun si nuestro entorno no es tan ruidoso, nos retiraremos gustosamente a esta “celda interior”, para allí estar a solas con el Señor. Con el paso del tiempo, se nos convierte en algo natural. Por supuesto que, para llegar ahí, habrá que seguir los impulsos de la gracia y cultivar la oración interior. Así, llega a ser un buen hábito espiritual el de retirarnos gustosamente a la oración, hallando, a través de ella, nuestro hogar en el Señor.
Al inicio habíamos dicho que la oración del corazón es una especie de “antesala” de la contemplación. De hecho es así, siempre y cuando vaya de la mano con un camino espiritual recorrido con seriedad.
La contemplación es un regalo que Dios concede –según su querer– cuando el alma haya dado los correspondientes pasos hacia la transformación interior. Si bien la contemplación es siempre un don gratuito, sí que podemos prepararle el terreno con nuestra cooperación. En ella, es Dios mismo quien actúa directamente en nuestra alma, atrayéndola a sí mismo y moldeándola, sin que nosotros participemos activamente en ello, como sucede en las otras formas de oración. Pero para invitar a Dios a obrar de esta manera en nosotros a través de la contemplación, generalmente se requiere de un largo camino interior. Al fin y al cabo, será siempre decisión suya cuándo nos concede la oración contemplativa.
La extraordinaria simplicidad de la oración del corazón, que nos ayuda a refrenar y calmar los sentidos externos, permite que el Espíritu Santo penetre en nosotros a tal profundidad que su presencia se nos vuelve perceptible. Los padres de la oración hablan de una especie de calor interior que surge en el corazón al practicar intensa y regularmente la oración del corazón.
Si nos retiramos frecuentemente a nuestra “celda interior”, ya no nos dejaremos absorber tanto por la dinámica del mundo exterior en nuestra vida cotidiana, porque, en medio de nuestras obligaciones, sabremos cultivar la oración interior.
(EXTRAÍDO DE LAS MEDITACIONES DEL HERMANO ELIAS)