martes, 22 de agosto de 2023

22 DE AGOSTO "MARÍA REINA DE LOS CIELOS Y DE LA TIERRA"

                                 María es reina, por ser madre de Jesús, Rey del Universo.
 Esta fiesta fue instituida por el Papa Pío XII en 1955.
   María ha sido elevada sobre la Gloria de todos los Santos y esta coronada de estrellas por su Divino Hijo.Esta sentada junto a El y es Reina y Señora del Universo.

 

La razón por la que la Santísima Virgen María es Reina se fundamenta teológicamente en su divina Maternidad y en su función de ser Corredentora del género humano.


                                                 LA REALEZA DE CRISTO Y DE MARÍA


Entre Cristo y María hay un perfecto paralelismo que es la razón fundamental de su realeza. Por este motivo la Virgen María es Reina: por su íntima relación con la realeza de Cristo, pues éste lo es por derecho propio y aquella lo es por razón de cierta analogía.

Cristo es Rey tanto por derecho propio como por derecho de conquista. En el primer caso lo es como hombre y como Dios. Jesucristo en cuanto hombre, por su Unión Hipostática con el Verbo, recibió del Padre “la potestad, el honor y el reino” (cfr. Dan. 7,13-14) y, en cuanto Verbo de Dios, es el Creador y Conservador de todos cuanto existe, por lo mismo, tiene pleno y absoluto poder en toda la creación (cfr. Jn. 1,1ss).

En el segundo caso es Rey por derecho de conquista en virtud de haber rescatado al género humano de la esclavitud en la que se encontraba, al precio de su sangre, mediante su Pasión y Muerte en la Cruz (cfr. 1 Pe. 1,18-19).

De la unión con Cristo Rey deriva, en María Reina, tan esplendorosa sublimidad, que supera la excelencia de todas las cosas creadas; de esta misma unión nace su poder regio, por el que Ella puede dispensar los tesoros del reino del Divino Redentor; en fin, en la misma unión con Cristo tiene origen la eficacia inagotable de su materna intercesión con su Hijo y con el Padre (cfr. Pío XII, Enc. Mystici corporis , 29-VI 1943).


EL DULCE REINADO DE MARÍA...
El dulce reinado de María aplaca la dureza del varón y revela la verdadera dignidad de la mujer...¡Cuántos hombres necesitan aprender a amar realmente a sus esposas y a asumir su responsabilidad como cabezas de la familia! ¡Cuántas mujeres sacrifican su verdadera identidad y su dignidad, buscando la autorrealización de formas equivocadas! Si todos acudieran a la escuela de María y se dejaran formar por su dulce realeza, entonces el Espíritu Santo, el divino Esposo de la Virgen, podría sanar heridas, desenredar lo enredado, ahuyentar las tinieblas y restaurar el orden de Dios en todo.

En el dulce reinado de María se hace visible el dominio del Señor mismo, que “reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. Bajo la guía de la Virgen, aprenderemos a decirle a Dios con todo nuestro corazón: “Hágase en mí según tu palabra”.

MARIA REINA... RUEGA POR NOSOTROS!

viernes, 18 de agosto de 2023

DEL MATRIMONIO...

 


El matrimonio cristiano es, como se dice a veces, un barquito que anda por las aguas de este mundo, golpeado por las olas y el viento en contra de tantas voces que quieren destruir la familia, pero en el cual varón y mujer reman juntos acompañados por Jesús

Él desea que los dos “sean una sola carne”, como dice el evangelio, y que “el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Porque quiere cuidar lo más sagrado que tiene el hombre y que lo hace más feliz, en donde se cultiva el amor verdadero, el que sana y santifica, aunque nuestras familias no son perfectas. El matrimonio vivido en la fe nos sana de nuestras heridas y nos santifica para elevarnos y hacernos más humanos.

¿Cómo Dios va a desear otra cosa, otro camino distinto a este? Sería una gran contradicción de parte de Dios que ama para siempre y confía en nosotros para que logremos lo que él desea. Sé que hoy, más que nunca, estas palabras de Dios, de Jesús, son difíciles de entender y de aceptar incluso, a veces, son rechazadas, porque muchas personas, muchas familias, están heridas por la falta de amor en sus familias. Por eso nunca está de más decir que “las personas que no pudieron hacer prosperar su matrimonio no están ‘fuera’ del amor de Dios”. 

Pidámosle al Señor por tantos matrimonios que están en la lucha, que les cuesta, por aquellos que se han separado y no pudieron cumplir este deseo de Dios, por aquellos que están bien para que sigan perseverando. Recemos por las familias. Recemos para que escuchando la Palabra de Dios todos podamos comprometernos con el verdadero designio de Dios, que es que en familia descubramos su amor y que alcancemos la santidad. Es lindo saber que, a pesar del viento en contra y de la violencia de las olas de este mundo, se puede amar con fidelidad y constancia hasta que la muerte los separe. Siempre remando juntos, siempre remando parejo.

(Extraido de Algo del evangelio- P. Rodrigo Aguilar)

lunes, 7 de agosto de 2023

Escuchar a quien sufre

 


BIBLIA

UNA BREVE APROXIMACIÓN PASTORAL AL LIBRO DE JOB

El libro de Job y el ministerio pastoral

Pese a la creencia generalizada en el imaginario colectivo, la intención del libro de Job no es la de presentar un modelo de héroe religioso que posee en grado sumo la virtud de la paciencia o que afronta el dolor sin poner en duda la justicia de Dios. Por el contrario, este texto veterotestamentario – al mismo tiempo popular y desconocido – ni es principalmente un libro para el consuelo ni aporta respuestas definitivas a las profundas cuestiones con las que la realidad del sufrimiento ha retado constantemente a los seres humanos de todas las épocas y lugares. De hecho, a lo largo de sus cuarenta y dos capítulos nos damos cuenta progresiva e inexorablemente de que la postura del autor acerca de la inteligibilidad del sufrimiento queda crudamente establecida: para él, el sufrimiento no es intelectualmente comprensible y, más aún, no es posible encontrarle sentido. En otras palabras, el ser humano adolece de una profunda e intrínseca limitación en su capacidad para entender y otorgar un sentido al sufrimiento que él mismo experimenta o que ve que otros padecen. Y, «sin embargo, nos cuesta aceptar que muchas veces nunca sabremos la verdadera razón de nuestro sufrimiento»[1].

Esta quiebra de sentido e inteligibilidad no solo queda reflejada en el contenido del libro de Job, sino que también se apoya y se ve reforzada por sus elementos formales. Por ejemplo, en el nivel lingüístico, el hebreo empleado en la sección poética del texto (capítulos 3-41) es significativamente complejo[2] y, debido al elevado número de palabras que nunca más aparecen en otros textos bíblicos (unos 145 de los aproximadamente 1300 hapax legomenon de toda la Biblia), resulta enormemente difícil de interpretar.

Esta fractura en la posisiblidad de dotar de comprensión al sufrimiento está también reflejada en la ruptura de la forma del tercer ciclo de diálogos (capítulos 23-27). El autor rompe en esta sección el modelo previo, donde Job había respondido sucesivamente a cada uno de sus tres amigos. De hecho, en este último ciclo de diálogos la respuesta de Bildad a Job se extiende únicamente a lo largo de seis versículos y Sofar ni siquiera toma la palabra. Podemos decir que el diálogo se desintegra. Pareciera así como si el texto quisiera enfatizar la incapacidad última de los tres amigos, a pesar de sus denodados intentos, para articular una respuesta satisfactoria al sufrimiento experimentado por Job. Tal y como señala el biblista Enrique Sanz: «El libro de Job se hace eco de esta llamativa ausencia de diálogo entre Job y sus amigos mediante el corte aparentemente brusco que parece darse entre los tres ciclos de diálogos que ellos mantienen y el bello himno a la sabiduría inaccesible de Job 28. Los discursos, más bien los monólogos de Job y sus amigos (Job 3-27), no han logrado acercar a los que los han pronunciado, no han conseguido que entre ellos se dé el encuentro y el diálogo»[3].

Sin embargo, el libro de Job sigue teniendo algo verdaderamente importante que decirnos hoy, tanto a quienes sufren – en su cuerpo, en su mente o en su espíritu – como a quienes intentamos acompañarlos desde el ministerio pastoral. En primer lugar, porque su autor abre un espacio genuino para escuchar el grito de quienes sufren. Y lo hace acogiendo sin limitaciones, censuras ni falsas prudencias una diversidad de voces que no siempre son fáciles de escuchar. Porque el dolor humano, especialmente el dolor del inocente, resulta tan crudo y real que en ocasiones se vuelve enormemente difícil de sostener. Y, no obstante, la escucha del dolor propio constituye, para quien sufre, una importante necesidad y puede abrirle el camino para una ulterior sanación: «¡ojalá que hubiera quien me escuchara! ¡aquí está mi firma, que responda el Todopoderoso!» (31,35), grita Job.

Además, el libro de Job sigue siendo útil pastoralmente porque, en segundo lugar, permite que emerjan con bastante libertad todas las tensiones existentes entre la experiencia actual del sufrimiento y las respuestas insuficientes basadas en la tradición. Aquí radica precisamente una gran parte del malestar que tiene lugar entre Job y sus interlocutores (Elifaz, Bildad, Sofar y Elihú). Porque su acercamiento al sufrimiento está tan mediatizado por sus concepciones previas – la ley de la retribución: según la cual «el justo es recompensado y el malvado es castigado»[4] – que a ellos les resulta imposible asomarse a la crisis total que supone el dolor y a Job le irrita escuchar comentarios que, para él, no encajan en absoluto con su desgarradora experiencia real.


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En definitiva, el libro de Job nos lanza a afrontar más profundamente la cuestión que universalmente brota en medio del sufrimiento y del dolor: ¿por qué? O, dicho de otro modo: ¿por qué todo esto?, ¿por qué a mí?, ¿por qué a nosotros? Ciertamente estas son preguntas que «emergen de casi todas las experiencias humanas de sufrimiento»[5], que nos inquietan y nos producen una enorme desazón. Por supuesto, cuando sufrimos en nuestras propias carnes; pero también cuando vemos a otros sufrir en nuestra familia, en nuestro entorno laboral o – más concretamente – en nuestro ministerio pastoral. Muchas veces son justamente estos algunos de los momentos más importantes y decisivos de los seres humanos. Y precisamente ahí es cuando parece que el Señor más esconde su rostro (hester panim, en hebreo): ¿dónde está Dios?, ¿me ha dejado solo?, ¿alguien me escucha?, ¿hay alguien ahí?

El ministerio de escuchar a quienes sufren

Estas preguntas, que «nacen del sufrimiento del inocente, pero que nacen también de la fe»[6], constituyen un grito más o menos silencioso, que quienes sufren dirigen a Dios. Porque el desgarro que experimenta el ser humano – en nuestro caso, aquel que quiere llevar una vida de piedad – en su existencia concreta es el punto de partida que pone en marcha la reflexión acerca del sentido de su sufrimiento[7]. Del mismo modo, la experiencia del pueblo de Israel tras el exilio y la destrucción del templo de Jerusalén fueron probablmente los acontecimientos históricos que motivaron al autor del libro de Job a poner por escrito su propia reflexión y a formular muchas de las preguntas que el sufrimiento abre.

Dada su complejidad, las cuestiones que laten en el grito de quienes sufren exigen ser abordadas polifónicamente; es decir, de forma dialógica, como un «texto en el que una variedad de voces-ideas diferentes, encarnadas no sólo en los personajes sino también en los géneros, se enfrentan sin privilegios»[8]. Esta es la postura que adopta Carol Newsom en su estudio sobre el libro de Job: «En esta lectura polifónica de Job sigo asumiendo la presencia de un autor que deseaba recurrir a los géneros y voces culturales de su comunidad, que deseaba que posiciones que tendían a aislarse entre sí se vieran obligadas a enfrentarse dialógicamente. Pero en esta lectura, el autor no plantea la confrontación de manera que triunfe una voz, pues ninguna voz puede decir toda la verdad. Por el contrario, la verdad sobre la piedad, el sufrimiento humano, la naturaleza de Dios y el orden moral del cosmos sólo puede ser abordada adecuadamente por una pluralidad de conciencias no fusionadas que entablen un diálogo abierto entre sí»[9]. O, en otras palabras del mismo autor: «Leído como una obra polifónica, el propósito del libro no es promover un punto de vista particular: ni el del relato en prosa, ni el de los amigos, ni el de Job, ni siquiera el de Dios. Su propósito es más bien demostrar que la idea de la piedad, en toda su contradictoria complejidad, no puede en principio caber dentro de los límites de una sola conciencia. La verdad sobre la piedad sólo puede captarse en el punto de intersección de perspectivas no fusionadas. La respuesta adecuada a un libro así, como intuyó el autor del discurso de Elihú, es introducirse uno mismo en la conversación, pero con la conciencia de que nunca se podrá decir la última palabra»[10].

Pues bien, este grito que produce el sufrimiento no siempre es fácilmente reconocido por el sujeto ni tampoco inmediatamente conocido por quienes tratan de ayudarle desde su ministerio. Nuestra experiencia pastoral nos recuerda, una y otra vez, que nunca sabemos completamente lo que el ser humano que tenemos delante está sufriendo en su interior. Es lo que parece que ocurre al principio del libro, cuando escuchamos a Job decirle a su mujer: «si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?» (2,10). Así, cuando las cosas van mal y se produce una desintegración vital total, muchas veces el ser humano que sufre se presenta manteniendo su aparente integridad exterior y el sentido de coherencia de su vida, lo que implica un gran coste personal: «desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor» (1,21).

No será hasta la entrada del género poético – en el capítulo 3 – cuando nos demos cuenta de que Job ha estado sufriendo todo este tiempo, aunque en los capítulos 1 y 2 se mostrase exteriormente piadoso. La poesía nos da acceso al mundo interior de Job y, por eso, nos enseña a respetar la existencia individual de cada ser humano. Es decir, nos ayuda en nuestro ministerio pastoral a estar abiertos a las diferentes voces que aparecen en los encuentros con las personas sufrientes; nos dispone a aceptar la complejidad que experimenta el ser humano en los momentos de dolor; nos alerta para no responder con nuestras propias ideas o nuestra propia tradición a las historias personales de quienes sufren; y, finalmente, nos dispone a entender el enorme coste personal que supone mantener en silencio el sufrimiento para no mostrar la propia vulnerabilidad. En definitiva, «la intrépida exploración del problema del sufrimiento del inocente en el libro de Job, advierte contra las respuestas ensayadas y las expresiones baratas de piedad de las personas que sufren»[11].

«Job se encuentra de repente con lo que más le aterraba: una vida desgraciada y sin futuro, llena de sobresaltos; no es la muerte lo que lo aterra»[12]. También en nuestro ministerio pastoral nos encontramos con situaciones similares: acompañamos a personas que han pasado por lo que más temían en sus vidas y que han perdido su propio sentido de completud. Personas que han visto cómo se rompían sus «imaginaciones morales» – en palabras de Newsom – acerca del mundo, cómo se perdían sus propias narrativas, cómo desaparecían las seguridades que hasta entonces fundamentaban su existencia. Y en momentos como estos todos necesitamos que alguien nos escuche. Nos hace falta alguien que esté a nuestro lado, que dé espacio a nuestras preguntas y nos sostenga en medio del miedo y de la soledad. Porque, en definitiva, somos seres en relación. Y es justo ahí donde radica la importancia pastoral del libro de Job. Más aún, es ahí hacia donde apunta finalmente todo el aprendizaje y el camino de transformación que este propone: necesitamos vivir en clave de relación con Dios. Por tanto, la respuesta a la cuestión del sufrimiento radica en la reconstrucción de los vínculos, en la capacidad del ser humano sufriente para suturar una nueva relación de confianza – quizás rota por el dolor – con Dios.

¿Es el sufrimiento un camino abierto hacia Dios?

Otra pregunta con fuertes implicaciones pastorales, con la que el libro de Job nos pone en contacto, es la siguiente: ¿de verdad es necesario el sufrimiento para probar la relación del ser humano con Dios? Sin lugar a dudas, el dolor tiene esa amarga capacidad de irrumpir en nuestras vidas y, cuando esto ocurre, lo invade casi todo. El sufrimiento aparece a menudo sin avisar y, al hacerse presente, consigue convertirse en compañía indeseada que inquieta, perturba y amenaza. Ante esta realidad que se nos impone, resulta duro pensar que Dios nos manda ciertas pruebas con el objetivo de llevarnos al límite, pues esto implicaría asumir que Dios es el autor del sufrimiento. Sin embargo, no es tampoco fácil dejar pasar el tiempo sin que emerga otro profundo dilema: ¿es inevitablemente el sufrimiento un puente dinamitado que corta y hace imposible el camino hacia Dios? O, por otra parte, ¿el sufrimiento coloca – sin más – ante los ojos una alfombra roja que obliga a la aceptación sin fisuras del dolor como parte de un plan querido por Dios en su indescifrable bondad?


DONA

El libro de Job nos puede iluminar al respecto, porque la teología que en él se expresa, habla de una sabiduría que, desde la fe, busca alumbrar un acercamiento lúcido y auténtico del ser humano a Dios. Para Job existen situaciones de sufrimiento que no proceden del pecado personal, sino de las grietas o fallas inherentes a la misma creación. En otras palabras, Job asume que la realidad tiene sus propios límites, que el mundo es de algún modo imperfecto y que la respuesta acerca de por qué sufren injustamente los inocentes o los justos solo la tiene el mismo creador. Por eso, muchas veces la ley de la retribución – característica del libro de los Proverbios y criticada en el de Job – no sirve para acercarse ni para responder al sufrimiento del otro, sino para mantener la coherencia de nuestra propia visión o tradición intelectual. Como sostiene el biblista estadounidense Daniel Harrington: «El libro de Job no resuelve el problema del sufrimiento del inocente. Sin embargo, pone de manifiesto la insuficiencia de los enfoques del sufrimiento que atribuyen toda la responsabilidad a la persona que sufre: la ley de la retribución, la suposición de que todos los seres humanos son pecadores y, por tanto, merecen sufrir, y la idea de que el sufrimiento es una disciplina de Dios. Por supuesto, hay algo de verdad en todos estos planteamientos. Pero en algunos casos de sufrimiento del inocente (como el de Job), no parecen aplicables»[13].

Desde el comienzo del libro queda claro que Job libra una ardua batalla interior no exenta de grandes dificultades espirituales. Pero una batalla que también implica duros padecimientos físicos: «hirió a Job con llagas malignas, desde la planta del pie a la coronilla» (2,7); así como económicos: «Haz lo que quieras con sus cosas» (1,12), le dice Yahvé a Satán. Sin embargo, al final de esta lucha exigente queda patente que ni Dios manda el sufrimiento ni pone a prueba al justo por sus equivocaciones o pecados: por dos veces «el Señor preguntó a Satán: ¿de dónde vienes?» (1,7.2,2). Por tanto, desde los primeros capítulos el autor ya anuncia que Dios no es el culpable que envía de forma vengativa el mal y el dolor. Yahvé es, muy al contrario, el Señor de la creación que ejerce su dominio sobre todas las realidades presentes en ella. También sobre el bien y el mal. Así, a pesar de las sospechas sembradas por Satán («el acusador»), no parece que Dios reclame para sí nuestro sufrimiento y por eso nos envíe pruebas que nos causan un dolor tan atroz. Eso sí, en el sufrimiento podemos encontrarnos con un Dios que no se repliega, sino que sigue deseoso de comunicarse salvíficamente con el ser humano en medio de su tribulación.

Pues bien, después de un sinfín de avatares y conversaciones con sus tres amigos, que a veces se convierten en un callejón sin salida, Job es capaz de intuir que a Dios no se lo conoce solo a través del arrepentimiento humano por aquello que podamos hacer mal. En cambio, para Job se torna evidente que cuando nos vemos inmersos – por el motivo que sea – en el mundo del dolor, sigue siendo posible nuestro encuentro con Dios. De hecho, en la espesura del sufrimiento, Dios se manifiesta al ser humano como el único que salva. Allí donde parece que el Señor se esconde o – más doloroso aún – donde nos da la impresión de que su atención se torna problemática y la supuesta protección que nos ofrece se convierte realmente para nosotros en una opresión, allí Dios se muestra como aquel en quien sigue siendo sensato poner nuestra esperanza una vez más. Así, en tiempos de sufrimiento, es buena noticia saber que el dolor no corta indefectiblemente el camino de encuentro entre el hombre y Dios. Esta sabiduría presente en el libro de Job nos invita, en en los diversos servicios de nuestro ministerio pastoral, a mantener y transmitir la confianza fundamental en el Señor.

Extraido de (La Civiltà Cattolica 2023)

Autor:  ALBERTO CANO ARENAS

 

 


domingo, 6 de agosto de 2023

El bien para morir - TANATOLOGIA desde la FE

 Tanatologia desde la Fe

El bien para morir


Por: Ma. Esther Lanzagorta de Sierra, Escuela de la Fe | Fuente: Tiempos de Fe, Anio 3 No. 15, Marzo - Abril 2001



Hoy en día, está muy de moda hablar de tanatología, sin embargo, todavía hay quien nos pregunta: "¿Qué es eso?"

Pues bien, el término tanatología en muchas ocasiones es entendido tan solo como la ciencia para "el bien morir", no obstante, para que podamos morir bien antes tenemos que haber vivido correctamente.

Existe una marcada tendencia de aplicarlo exclusivamente a los enfermos terminales, pero ¿te has puesto a pensar que todos nosotros somos terminales? ¿Enfermos? Quizá si, tal vez no, pero terminales, definitivamente "Sí". Ya lo men­ciona el Padre José Luis Martín Descalzo en uno de sus libros "Cuando las mujeres dan a luz, dan a luz aprendices de muerto pues ésta es la gran certeza de todos, que algún día vamos a morir". Nadie sabe ni el día ni la hora, pero todos sabemos que ese día llegará.

Para comprender mejor esto, va­yamos al Antiguo Testamento y lea­mos la historia de Abraham, consi­derado el padre de la fe. Veamos lo siguiente, Abraham y su esposa Sara por ser personas de edad avanzada no podían concebir un hijo, a pesar de que le habían suplicado mucho a Dios. No debemos olvidar que para el pueblo judío tener un hijo era sumamente im­portante, representaba la trascen­dencia de una persona.

Y un día Dios se los concedió, cumplía su mayor anhelo, llenán­dolos de felicidad. No es difícil ima­ginar tanta dicha así como a ti o a mí, en alguna ocasión y por algún motivo, Dios nos ha otorgado una gracia especial que nos ha hecho sentir los hombres más felices del mundo.



El relato continua: Un día Dios le pide a Abraham que le entregue la vida de su único hijo en sacrificio.

Él lleva a Isaac al monte para sacri­ficarlo y obedecer su voluntad.

A nosotros también Dios nos ha dado todo lo que Él ha considerado bueno para nuestra salvación: cualidades, dones y las herra­mientas necesarias para cumplir con nuestra misión en esta vida. Pero ¿quién dice que nos las dio para siempre? Él es nuestro creador y, por lo tanto, sabe lo que nece­sitamos y en que momento dárnoslo llamemos a esto salud, trabajo, bienestar, enfermedad, dolor, sufrimiento o la muerte misma ya sea la nuestra o la de un familiar tan cercano o tan lejano como Él quiera.

Todo tipo de pérdida nos afecta de muy distintas maneras y todos reaccionamos a ellas de diferentes formas y actitudes. Los sentimientos de dolor perduran por un lapso mayor del que permite la vida en sociedad en general, los amigos más cercanos esperan que volva­mos a la "normalidad" en unas cuantas semanas después de una pérdida, pero el vivir con una pérdida nos es tan fácil. Algunas veces las negamos, otras nos de­sesperamos y la mayoría de las veces se nos hace muy difícil entenderlas y sea cual sea la pérdida ésta nos deja huella y re­quiere de un tiempo de duelo indispensable para la recuperación de esa pérdida.

Tenemos la creencia de que pérdida sólo es la vida, sin embargo existen muchas pérdidas a lo largo de nuestra vida, de salud, de dinero, espiritual o social. Para todas estas pérdidas necesitamos estar pre­parados y darles un sentido para que nuestras vidas no caigan en un vacío. La vida es una prueba a la que toda persona está sometida desde el mismo instante de su concepción y se nos manifiesta como una constante ineludible en nuestro devenir cotidiano. La prue­ba se nos presenta, la podemos rechazar, pero no podemos dejar de vivirla; el cómo lo hagamos ya es otra cosa, que puede aliviar o aumentar la carga; es siempre una decisión del ejercicio de nuestra voluntad, con o sin razón, pero siempre en libertad.(1)


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En el caso del creyente, sabemos por la fe, que después de la muerte gozaremos eternamente en la gloria de Dios Padre, también tenemos que saber que las pérdidas que he­mos tenido a lo largo de nuestra vida nos han servido para acercar­nos más a Dios. Estas son pruebas de dolor, sufrimiento, adversidad, aflicción o simplemente pruebas que nos ha puesto Él para llegar al Cielo.

El dolor y el sufrimiento han de acompañar al hombre a lo largo y a lo ancho de su vida, coexistiendo con él en el mundo. La prueba, el sufrimiento, el dolor y la tentación sólo se han de esclarecer a la luz de la Cruz redentora, madero que acuñó al Salvador, misterio de amor.... ¡CRISTO! (2)

La Tanatología ayuda a la razón a entender de alguna forma la pér­dida, a detectarla, a aceptarla y a seguir viviendo con ella a través de un duelo bien elaborado. Dios nos da la fuerza para seguir adelante, nosotros tenemos los medios de perseverancia que nos da la fe, sabemos que a través de la oración y de la vida sacramental le encon­tramos un sentido a nuestras pér­didas, que ellas implican un valor redentor. Sabemos que podemos y debemos llevar a otros a que en­cuentren el consuelo y la fuerza necesaria para seguir adelante en la misión que El nos ha encomendado.

 

jueves, 3 de agosto de 2023

Tetramorfos: El león, el toro, el águila y el ángel

 


Tetramorfos proviene etimológicamente del griego tetra, “cuatro”, y morfos, “forma”. La tradición iconográfica cristiana se refiere a un conjunto de figuras que se encuentran alrededor de Dios –un león, un buey, un águila y un hombre alado–, y se identifican con los cuatro evangelistas que se unen a la corte celestial y glorifican al Señor.

El águila es san Juan. Siempre se ha considerado que esta ave proviene de lo alto por su sabiduría y clarividencia, que tiende a elevarse más y más, y puede mirar al sol sin quedar ciega, símbolo de la ascensión de Cristo a los cielos. En el evangelio de Juan se inicia la contemplación del Verbo: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios”. Su evangelio es el más contemplativo, profundo y teológico. Nos llena de confianza. Según san Ireneo de Lyon es el signo del Espíritu que hace sobrevolar su gracia sobre la Iglesia.

El ángel, el hombre alado es san Mateo. En sus escritos, el evangelista narra la humanidad de Cristo, su genealogía, pues comienza textualmente “Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”, y continúa: “Este fue el origen de Cristo”. En él desarrolla la historia humana de Cristo, desde la Anunciación, el nacimiento y el bautismo. Representa a Cristo como el Hijo del Hombre y el amor de Dios. Es, pues, la humanidad de Cristo como hombre manso y humilde de corazón.

El león representa a san Marcos; siguiendo la tradición veterotestamentaria, Cristo se vincula a este felino con el reinado y la tribu de Judá, de la cual procede, tal y como describe el libro del Génesis (49, 9-10). Este evangelio se inicia con san Juan Bautista en el desierto con una voz ensordecedora, “como voz que clama en el desierto: preparen los caminos del Señor, enderecen sus senderos” (Mc 1, 3), donde compara a Cristo con el rugido de un león, la conciencia de los pecadores. Su voz corresponde a un animal fuerte y noble, como será Cristo. Según san Ireneo, lo muestra como dominador y rey. 

El toro  o el buey es san Lucas. Su texto evangélico se inicia con el sacrificio de Zacarías en el templo. El bóvido simboliza el sacrificio de Cristo en la Pasión, y por ende el sacerdotal, pues es el animal por excelencia para el sacrificio, tal y como señala san Ireneo. También conlleva el deseo de una vida espiritual que permite al hombre superar las pasiones animales y alcanzar la paz que da Dios. Es el más sentimental, pues los toros tienen un corazón fuerte, símbolo de los sentimientos; por ello, narra las parábolas y los sentimientos más nobles y humanos de Cristo: la compasión y la justicia.  




EXTRAÍDO DE: 
(Revista Misión- Por Patricia BarreroAsociación Nártex)