miércoles, 6 de julio de 2022

Volverse al Señor...



Lo que está en juego es nuestro corazón, que no ha de estar dividido, como el profeta Oseas le hace ver al Pueblo de Israel en este pasaje. De hecho, es una gran paradoja que, por una parte, le pidamos todo a Dios y lo recibamos de Él, y después olvidemos al Dador de los bienes, nos apropiemos de las cosas y, en el peor de los casos, las convirtamos en ídolos. A éstos Dios los desenmascara diciendo: “Plata y oro son sus ídolos, obra de mano de hombre” (Sal 115,4). ¡No se debe adorar la “hechura de manos humanas”!

Sin embargo, existe siempre la posibilidad de convertirse, como Dios se la ofrece al Pueblo en el texto de hoy: sembrar justicia, volverse al Señor e ir en su busca. 

Es gracias a la infinita misericordia de Dios que el hombre recibe una y otra vez una nueva oportunidad de dejar atrás la vida de pecado y confusión para volverse al Señor.

Entonces, con la ayuda de Dios, aprende a apartar su corazón de todo cuanto desagrada al Señor, a liberarlo de todo apego y a desatar todas las cadenas que resultan de ahí… 
Al volverse sinceramente a Dios, se da la conversión. Y a partir del momento en que se la experimenta, esta conversión debe ponerse en práctica día tras día, hasta que nuestro corazón le pertenezca enteramente a Dios, porque sólo en Él está nuestro verdadero hogar. 

Quien aún busque su “hogar” y su seguridad en la Creación y en las otras personas, no lo ha entendido aún. El amor de las personas es un maravilloso regalo, pero no puede ser nuestro “hogar” definitivo. La realidad de la muerte nos enseña esta lección, pues a ella uno se enfrenta solo y para el creyente representa el retorno definitivo a casa.
(Reflexión del hermano Elias)

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