La iglesia toda, la terrenal y la celestial, unificada por la entrega de Cristo en la Cruz, que por la fuerza de su muerte y resurrección, logró rescatarnos de la muerte eterna, para darnos vida.
Él, nos permite por la acción del Espíritu, reproducir en nuestra historia concreta, el mismo misterio de la Pascua...
Toda nuestra vida terrena, en las relaciones con los demás, en la enfermedad, en los momentos de dificultad, tensión y sufrimiento, se repite de alguna manera la muerte y la resurrección del Señor.
Por esa misma gracia del Espíritu, esas dimensiones participan de la vida y de la fecundidad de Jesucristo.
Por eso, nunca habrá momentos de pura muerte. Siempre brillará de alguna manera el misterio de la resurrección, porque siempre estará Él ofreciéndonos su vida...
Hoy te pedimos Señor Jesús, apelando a tu infinita Misericordia, que aquellos seres queridos que ya partieron a la casa del Padre, logren compartir contigo y tu Santa Madre, los gozos de los bienes celestiales.
Te lo pedimos a Tí, que vives y reinas, en unidad con Dios Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amen.

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