jueves, 8 de mayo de 2025

Crisis de madurez: rasgos de una sociedad eternamente adolescente


Occidente vive una grave crisis de identidad que tiene como una de sus consecuencias más notorias la crisis de la madurez. La que hasta hace apenas unas décadas era una virtud y una cualidad anhelada, hoy es despreciada por una sociedad cada vez más infantilizada. Sin embargo, la plenitud del hombre requiere alcanzar esa madurez, que no sólo es emocional y psicológica, sino también una conquista espiritual.


Hay un dicho muy extendido hoy según el cual “los 50 son los nuevos 30”. Esta afirmación no queda sólo en el marco de las palabras, basta observar que hoy abundan las personas entradas en años que visten y tienen hábitos adolescentes, y se unen a toda moda que les permita  “sentirse”  jóvenes. Pero más allá de la anécdota, estos comportamientos denotan una cuestión de gran trascendencia social: la crisis de madurez. Buscar “sentirse joven” a toda costa, rehuir el compromiso o romper los vínculos bajo el pretexto de “volver a disfrutar de las cosas que hacía antes”  son parte de los síntomas de un virus generacional.

El profesor José Antonio Lozano, presidente de la Junta de Gobierno de la Universidad Panamericana, coautor del libro La conquista de la madurez (Rialp, 2024), destaca en conversación con Misión que esta crisis afecta profundamente al proceso de madurez porque  “quien no sabe quién es no sabe qué quiere ni a dónde va”.

Un cambio de época

Según la Real Academia Española, la madurez es  “el periodo de la vida en que se ha alcanzado la plenitud vital” y está vinculada “al buen juicio, la prudencia y sensatez”. Por tanto, conquistar la madurez debería ser una meta anhelada para toda persona. Sin embargo, la cultura actual tiende al infantilismo, o más bien hacia una adolescencia perpetua. Vive esclava del deseo y de la inmediatez, rehúye del deber y el compromiso, y considera que todo lo que le ha precedido es carca y caduco.

Lozano señala que hoy existe  “poca conciencia” del  “verdadero cambio de época histórica”  que estamos viviendo y en el que se da una nueva comprensión del ser humano. “Esta visión implica –recalca– una sustitución del sentido de la vida por emociones y sensaciones”. En definitiva, una  “desconexión de la realidad y una relativización de la vida y la muerte”, lo que supone, en su opinión, que “vivamos en una sociedad muy inmadura”.

Lo mejor de uno mismo

La falta de madurez no tiene sólo consecuencias en las personas inmaduras, sino también en el núcleo mismo de la familia. “Debilitando los vínculos pone en riesgo la estabilidad familiar. La inmadurez quiebra la definición de familia como ‘el lugar al que siempre se vuelve’”, destaca este doctor en Derecho.

Es clara, por tanto, la relación entre la destrucción paulatina de la familia y la crisis de madurez de la sociedad. Matrimonios rotos –muchos de ellos tras décadas de unión–, jóvenes que no quieren asumir ningún tipo de compromiso y la preocupante falta de un propósito vital y de una idea de responsabilidad colectiva son algunos de los síntomas.

Lozano resalta que es precisamente  “la conquista de la madurez la que permite a la persona alcanzar la mejor versión de sí misma, y que por ‘abundancia’ de personalidad la lleva a poner su interés en los demás”. Esto implica que en ambientes maduros “existan familias sanas y sociedades enfocadas en el bien común”.

Edadismo creciente

Aunque este experto recuerda que la falta de aceptación de la edad cronológica tradicionalmente no ha sido fácil para las personas, hoy se ha acentuado poderosamente a través del llamado “edadismo”, que es  “la idea de que lo valioso es la juventud y de que, en la medida en que se envejece, se pierde el valor de la persona”.

Lozano explica que el edadismo afecta a las personas de tres maneras diferentes:  “El que no quiere llegar a viejo, el que quiere mantenerse joven y el que asume el síndrome de Peter Pan”. Este miedo a envejecer ha ido calando en la sociedad, en parte debido a los nuevos referentes culturales y también al abandono de la tradición judeocristiana, en la cual la madurez es considerada la base de todas las virtudes.

Madurez espiritual

La madurez se suele relacionar con la madurez emocional y psicológica, centrada en el aspecto afectivo de la personalidad. Sin embargo, es mucho más amplia y tiene que ser integral, por lo que también entran en juego, entre otras, la madurez intelectual, de la voluntad o la física. Pero hay una faceta que da sentido a todas las dimensiones de la madurez y que adquiere un valor especial en el conjunto: la madurez espiritual. Y recalca que  “no hay una madurez plena sin crecer en la dimensión espiritual, que juega un papel central en la persona”.

La madurez espiritual encuentra hoy cinco grandes enemigos que impiden su desarrollo: el materialismo, el relativismo, la deconstrucción de la cultura, el aumento de la New Age y la crisis de esperanza. De ahí que la inmadurez y la descristianización estén estrechamente relacionados.  “La espiritualidad se ha ido erosionando de forma dramática, hasta el punto que los altos niveles de inmadurez se expresan en crisis como la de la soledad, la de la atención y el deterioro de la salud mental”, alerta Lozano.

Pero ¿qué es la madurez espiritual? Equivale, asegura este autor, a  “la plenitud de vida cristiana”  o  “santidad personal”, que pasa por  “irse haciendo cada vez más semejantes a Cristo”, una meta que  “no se logra del todo en esta vida”. En su libro Lozano ofrece diez rasgos que muestran si una persona camina hacia la madurez espiritual: tener vocación a la santidad; vivir las virtudes teologales; tener fe firme en Dios; contar con una esperanza que se convierta en confianza en el plan de Dios; vivir la caridad en su doble dimensión: amando a Dios y al prójimo; contar con un plan de vida espiritual; amar la Cruz; realizar algún apostolado; tener una unidad de vida, es decir, congruencia entre lo que se piensa, se cree y se vive; y, por último, vivir con alegría y paz interior. 

Mediante la gracia, el Espíritu Santo actúa dando una fuerza que impulsa a la persona a realizar actos que van más allá de su capacidad humana.  “Los santos, aun siendo todos muy distintos, poseen un gran parecido interior con Jesucristo porque han alcanzado un alto grado de madurez espiritual”, concluye.

3 ETAPAS DE LA MADUREZ

El profesor José Antonio Lozano considera que el proceso de la madurez pasa por tres etapas que tienen que ser revisadas en distintos momentos de la vida:

1. Conocerse. Es el primero y quizás el más importante, porque de él cuelgan los otros dos. Hoy no es un proceso sencillo debido al papel preponderante que las redes sociales y las corrientes ideológicas provocan en la distorsión de la propia identidad. “Se trata además de un proceso que requiere silencio, reflexión y valentía para ver no sólo nuestros puntos fuertes y virtudes, sino también nuestros defectos y limitaciones”, agrega.

2. Aceptarse. Es la etapa más difícil y la que implica el paso esencial para madurar. Consiste en reconocer y valorar tanto las propias fortalezas como las limitaciones.

3. Mejorar. No se trata de aceptarse uno mismo con sus defectos y conformarse con ellos. Según Lozano, “eso sería una señal de inmadurez de la voluntad. Tenemos que buscar activamente lograr la mejor versión de nosotros mismos”.

articulo de revista MISION marzo25´

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