martes, 18 de octubre de 2022

SANACIÓN INTERIOR DESDE EL SANTÍSIMO



SERIE SOBRE LA VIDA ESPIRITUAL   
“La Adoración Eucarística”
(Parte I)

El permanecer en silencio ante el Señor Sacramentado, ya sea el Santísimo expuesto o en el Sagrario, tiene un gran efecto en la profundización de la oración. Por eso, en el marco de estas meditaciones sobre el tema de la oración, conviene que dediquemos dos días específicamente a la Adoración Eucarística. 
 Tal vez no siempre podemos percibir de forma palpable la eficacia de la presencia eucarística del Señor. En efecto, su presencia sacramental en la Eucaristía es una realidad que podemos contemplar únicamente con los ojos de la fe. Creemos que Jesús está ahí porque la Palabra de Dios y la Iglesia nos lo aseguran. Creemos, porque el pan y el vino, transformados en Carne y Sangre de Cristo durante la consagración, despiertan nuestra fe en Él. Con nuestros ojos exteriores no vemos más que una hostia blanca; con los ojos de la fe, en cambio, contemplamos la presencia misma del Señor.

¿Qué es lo que sucede en el interior del alma cuando permanecemos en la presencia del Señor?
Nosotros, los católicos, lo llamamos “comunión espiritual”. En ella, no acogemos físicamente la presencia del Señor en la santa hostia, como ocurre en la comunión sacramental; sino que lo recibimos directamente en nuestro espíritu. De esta manera, Dios se comunica suavemente a nuestra alma. Su presencia en la Santa Eucaristía es como una suave brisa que acaricia nuestra alma o como un agradable calor que va creando una relación cada vez más confiada.

Esta forma delicada cómo el Señor penetra en el alma nos recuerda a una frase de la Secuencia de Pentecostés: “Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.”

Al permanecer frecuentemente en silencio delante del Sagrario, nuestra alma se arraiga en el Señor y encuentra en Él su hogar. El anhelo de su presencia crece cada vez más. Puesto que nuestra vida espiritual es un progresivo “retorno a casa”, al Corazón del Padre, la Adoración Eucarística será un excelente medio espiritual para crecer en el amor, siendo una prolongación de la comunión sacramental.
 
Estando tan directamente en la presencia de Dios, nosotros somos, ante todo, los receptores. Así es en el tiempo y así será en la eternidad. Por eso, cuando permanecemos en silencio ante el Señor en el Sagrario o ante el Santísimo expuesto, encontramos cada vez más la serenidad interior y nuestro refugio. Y esto, en medio del ajetreo del mundo, es de suma importancia para nuestras almas. La oración no se debe convertir en una obligación pesada, a la cual tenemos que someternos a la fuerza; sino que ha de ser un anticipo del cielo. 

El que empiece a frecuentar la Adoración eucarística, se dará cuenta de que se le convierte en una creciente necesidad interior, en el pan espiritual cotidiano, que nos recuerda lo más importante; a saber, permanecer junto al Señor. 

Y para Dios mismo es una maravillosa posibilidad de comunicarse, de poner su morada en nosotros, para colmarnos con su presencia...


“La Adoración Eucarística”
(Parte II)

La adoración eucarística y la sanación interior

Los hombres en general –y también nosotros, los fieles– solemos estar heridos en nuestro interior, porque no hemos recibido el suficiente amor o hemos experimentado un abuso de nuestro amor. En consecuencia, pueden surgir graves deficiencias en el alma, y el ámbito afectivo puede sufrir un trastorno tal, que estas personas muy heridas podrían llegar a cerrarse interiormente.

Si se manifiesta en nosotros este tipo de emociones, podemos abrirlas a la fuerza sanadora del Santísimo Sacramento, entregándoselas al Señor en la oración o invocando el nombre de Jesús en el silencio. De esta manera, podemos abarcar incluso aquellos campos inconscientes de nuestra alma, pidiéndole al Señor que sane las heridas interiores y disuelva las barreras que han resultado en nuestro interior a consecuencia de ellas. Esto implica también aquellas heridas inconscientes, cuyos efectos sentimos, aunque no sabemos cómo se produjeron. 

Allí, en la Eucaristía, resuenan y se actualizan de forma especial estas palabras del Señor: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os proporcionaré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,28-29).

Esta suavidad del yugo de Jesús, que puede experimentarse particularmente en la Adoración silenciosa del Santísimo, es la que permite que las personas heridas se abran con más facilidad. La presencia eucarística es como un sol espiritual, que simplemente está ahí y por el cual podemos dejarnos iluminar y calentar.

La sanación de las heridas interiores no es un asunto insignificante, porque a menudo estas heridas nos bloquean en la relación con Dios, con las personas y con nosotros mismos. Pongamos como ejemplo el caso de alguien que cree que no es amado, y este sentimiento lo domina o, al menos, aparece con frecuencia. Ésta es una de aquellas cargas que podemos llevar ante el Señor, y con el paso del tiempo notaremos que allí, en el Santísimo, nos encontramos con un amor que sencillamente está para nosotros y nos envuelve sin cesar...
Para el desarrollo espiritual, el alma necesita momentos de silencio. Ella sufre bajo el constante bombardeo de estímulos, que la llevan a la dispersión y a la superficialidad. Asimismo, el alma necesita de una sana ascesis, para abrirse a aquellos contenidos que le son provechosos en su camino espiritual y evitar aquellos otros que no lo son. 
Orar en silencio, nos permite ser iluminados por esa luz espiritual, que muchas veces no somos capaces de percibir. Esa no percepción, provoca una sensación de incomodidad, de pensar ...¿que hacemos aquí?, ¿por que no nos vamos?... 
La solución, es poner esos sentimientos a los pies del Señor! 
Porque El sabrá, tocarlos y transformarlos... 

(Extraído de meditaciones del Hermano Elías)

No hay comentarios:

Publicar un comentario