La visión de Francisco para una teología renovada
Ya sea en el teatro de la universidad o en las aulas del seminario, es necesaria una teología que no sea sólo scientia, sino sapientia, como reconocía Agustín, y que sea capaz de hacer adecuada justicia al sensus fidelium. En otras palabras, hace falta una teología empapada de oración, consciente de estar siempre ante el misterio inagotable del Dios Trino, deslumbrada por la luz de Cristo crucificado y resucitado, y sobrecogida por la gracia sin límites del Espíritu Santo. Una teología así, reconoce la realidad de una Iglesia que, aun marcada por los abusos y episodios de corrupción, sigue siendo capaz de asombrar al mundo con su compasión y su compromiso con los marginados y los débiles, sigue siendo capaz de mantenerse firme en su servicio aunque los gobiernos se hayan olvidado de ellos y los medios de comunicación hayan hecho la vista gorda. Esa es una Iglesia en camino sinodal, que vive en la trascendencia de su experiencia de perdón y misericordia, de compasión y arrepentimiento. En la pobreza, en comunión con cada generación, pasada, presente y futura, bebe de la fuente vivificante de sus sacramentos. Cada día emprende su metanoia de corazón, mente y espíritu; renueva su mirada sobre el mundo con el amor de Cristo y lo ve a través de sus ojos[2]. En el desierto de las instituciones destruidas y desacreditadas, cuyos escombros abarrotan la plaza pública, entre las ruinas de la guerra y sus recuerdos nunca cicatrizados, de las democracias precarias y los regímenes autoritarios, ésta es la Iglesia que el mundo sigue anhelando y esperando que exista.
Fragmento de la nota de "La Civiltà Cattolica"- 05/05/23-

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