El Papa Francisco escribió una carta para los matrimonios con
ocasión del Año Familia Amoris Laetitia.
La relación con Dios nos moldea, nos acompaña y nos moviliza
como personas y, en última instancia, nos ayuda a “salir de nuestra tierra”,
en muchas ocasiones con cierto respeto e incluso miedo a lo desconocido, pero
desde nuestra fe cristiana sabemos que no estamos solos ya que Dios está́ en
nosotros, con nosotros y entre nosotros: en la familia, en el barrio, en el
lugar de trabajo o estudio, en la ciudad que habitamos.
Como Abrahán, cada uno de los esposos sale de su tierra desde el
momento en que, sintiendo la llamada al amor conyugal, decide entregarse al
otro sin reservas. Así, ya el noviazgo implica salir de la propia tierra,
porque supone transitar juntos el camino que conduce al matrimonio. Las
distintas situaciones de la vida: el paso de los días, la llegada de los
hijos, el trabajo, las enfermedades son circunstancias en las que el compromiso
que adquirieron el uno con el otro hace que cada uno tenga que abandonar las
propias inercias, certidumbres, zonas de confort y salir hacia la tierra que
Dios les promete: ser dos en Cristo, dos
en uno. Una única vida, un “nosotros” en la comunión del amor con
Jesús, vivo y presente en cada momento de su existencia. Dios los acompaña,
los ama incondicionalmente. ¡No están solos!
Queridos esposos, sepan que sus hijos —y especialmente los
jóvenes— los observan con atención y buscan en ustedes el testimonio de un
amor fuerte y confiable. «¡Qué importante es que los jóvenes vean con sus
propios ojos el amor de Cristo vivo y presente en el amor de los matrimonios,
que testimonian con su vida concreta que el amor para siempre es posible!».[1]
Los hijos son un regalo, siempre, cambian la historia de cada familia. Están
sedientos de amor, de reconocimiento, de estima y de confianza. La paternidad y
la maternidad los llaman a ser generativos para dar a sus hijos el gozo de
descubrirse hijos de Dios, hijos de un Padre que ya desde el primer instante
los ha amado tiernamente y los lleva de la mano cada día. Este descubrimiento
puede dar a sus hijos la fe y la capacidad de confiar en Dios.
Ciertamente, educar a los hijos no es nada fácil. Pero no
olvidemos que ellos también nos educan. El primer ámbito de la educación
sigue siendo la familia, en los pequeños gestos que son más elocuentes que
las palabras. Educar es ante todo acompañar los procesos de crecimiento, es
estar presentes de muchas maneras, de tal modo que los hijos puedan contar con
sus padres en todo momento. El educador es una persona que “genera” en sentido
espiritual y, sobre todo, que “se juega” poniéndose en relación. Como padre y
madre es importante relacionarse con sus hijos a partir de una autoridad ganada
día tras día. Ellos necesitan una seguridad que los ayude a experimentar la
confianza en ustedes, en la belleza de sus vidas, en la certeza de no estar
nunca solos, pase lo que pase.
Por otra parte, y como ya he señalado, la conciencia de la
identidad y la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad ha
aumentado. Ustedes tienen la misión de transformar la sociedad con su
presencia en el mundo del trabajo y hacer que se tengan en cuenta las
necesidades de las familias.
También los matrimonios deben “primerear”[2] dentro de la
comunidad parroquial y diocesana con sus iniciativas y su creatividad, buscando
la complementariedad de los carismas y vocaciones como expresión de la
comunión eclesial; en particular, los «cónyuges junto a los pastores, para
caminar con otras familias, para ayudar a los más débiles, para anunciar que,
también en las dificultades, Cristo se hace presente».[3]
Por tanto, los exhorto, queridos esposos, a participar en la
Iglesia, especialmente en la pastoral familiar. Porque «la corresponsabilidad
en la misión llama [...] a los matrimonios y a los ministros ordenados,
especialmente a los obispos, a cooperar de manera fecunda en el cuidado y la
custodia de las Iglesias domésticas».[4] Recuerden que la familia es la
«célula básica de la sociedad» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 66). El matrimonio es
realmente un proyecto de construcción de la «cultura del encuentro» (Carta
enc. Fratelli tutti,
216). Es por ello que las familias tienen el desafío de tender puentes entre las
generaciones para la transmisión de los valores que conforman la humanidad. Se
necesita una nueva
creatividad para expresar en los desafíos actuales los
valores que nos constituyen como pueblo en nuestras sociedades y en la Iglesia,
Pueblo de Dios.
La vocación al matrimonio es una llamada a conducir un barco
incierto - pero seguro por la realidad del sacramento - en un mar a veces
agitado. Cuántas veces, como los apóstoles, sienten ganas de decir o, mejor
dicho, de gritar: «¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?» (Mc 4,38). No
olvidemos que a través del sacramento del matrimonio Jesús está presente en
esa barca. Él se preocupa por ustedes, permanece con ustedes en todo momento
en el vaivén de la barca agitada por el mar. En otro pasaje del Evangelio, en
medio de las dificultades, los discípulos ven que Jesús se acerca en medio de
la tormenta y lo reciben en la barca; así también ustedes, cuando la tormenta
arrecia, dejen subir a Jesús en su barca, porque cuando subió «donde estaban
ellos, [...] cesó el viento» (Mc 6,51).
Es importante que juntos mantengan la mirada fija en Jesús. Sólo así
encontrarán la paz, superarán los conflictos y encontrarán soluciones a
muchos de sus problemas. No porque estos vayan a desaparecer, sino porque
podrán verlos desde otra perspectiva.
Sólo abandonándose en las manos del Señor podrán vivir lo que
parece imposible. El camino es reconocer la propia fragilidad y la impotencia
que experimentan ante tantas situaciones que los rodean, pero al mismo tiempo
tener la certeza de que de ese modo la fuerza de Cristo se manifiesta en su
debilidad (cf. 2
Co 12,9). Fue justo en medio de una tormenta que los
apóstoles llegaron a conocer la realeza y divinidad de Jesús, y aprendieron a
confiar en Él.
A la luz de estos pasajes bíblicos, quisiera aprovechar para
reflexionar sobre algunas dificultades y oportunidades que
han vivido las familias en este tiempo de pandemia. Por ejemplo, aumentó el
tiempo de estar juntos, y esto ha sido una oportunidad única para cultivar el
diálogo en familia. Claro que esto requiere un especial ejercicio de
paciencia, no es fácil estar juntos toda la jornada cuando en la misma casa se
tiene que trabajar, estudiar, recrearse y descansar. Que el cansancio no les
gane, que la fuerza del amor los anime para mirar más al otro —al cónyuge, a
los hijos— que a la propia fatiga. Recuerden lo que les escribí en Amoris laetitia retomando
el himno paulino de la caridad (cf. nn. 90-119). Pidan este don con insistencia
a la Sagrada Familia, vuelvan a leer el elogio de la caridad para que sea ella
la que inspire sus decisiones y acciones (cf. Rm 8,15; Ga 4,6).
De este modo, estar juntos no será una penitencia sino un refugio
en medio de las tormentas. Que el hogar sea un lugar de acogida y de
comprensión. Guarden en su corazón el consejo a los novios que expresé con
las tres palabras: «permiso, gracias, perdón».[5] Y cuando surja algún
conflicto, «nunca terminar el día en familia sin hacer las paces».[6] No se
avergüencen de arrodillarse juntos ante Jesús en la Eucaristía para
encontrar momentos de paz y una mirada mutua hecha de ternura y bondad. O de
tomar la mano del otro, cuando esté un poco enojado, para arrancarle una
sonrisa cómplice. Hacer quizás una breve oración, recitada en voz alta
juntos, antes de dormirse por la noche, con Jesús presente entre ustedes.
Sin embargo, para algunos matrimonios la convivencia a la que se
han visto forzados durante la cuarentena ha sido especialmente difícil. Los
problemas que ya existían se agravaron, generando conflictos que muchas veces
se han vuelto casi insoportables. Muchos han vivido incluso la ruptura de un
matrimonio que venía sobrellevando una crisis que no se supo o no se pudo
superar. A estas personas también quiero expresarles mi cercanía y mi afecto.
La ruptura de una relación conyugal genera mucho sufrimiento
debido a la decepción de tantas ilusiones; la falta de entendimiento provoca
discusiones y heridas no fáciles de reparar. Tampoco a los hijos es posible
ahorrarles el sufrimiento de ver que sus padres ya no están juntos. Aun así,
no dejen de buscar ayuda para que los conflictos puedan superarse de alguna
manera y no causen aún más dolor entre ustedes y a sus hijos. El Señor
Jesús, en su misericordia infinita, les inspirará el modo de seguir adelante
en medio de tantas dificultades y aflicciones. No dejen de invocarlo y de
buscar en Él un refugio, una luz para el camino, y en la comunidad eclesial
una «casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas» (Exhort.
ap. Evangelii
gaudium, 47).
Recuerden que el perdón sana toda herida. Perdonarse mutuamente
es el resultado de una decisión interior que madura en la oración, en la
relación con Dios, como don que brota de la gracia con la que Cristo llena a
la pareja cuando lo dejan actuar, cuando se dirigen a Él. Cristo “habita” en
su matrimonio y espera que le abran sus corazones para sostenerlos con el poder
de su amor, como a los discípulos en la barca. Nuestro amor humano es débil,
necesita de la fuerza del amor fiel de Jesús. Con Él pueden de veras
construir la «casa sobre roca» (Mt 7,24).
A este propósito, permítanme que dirija una palabra a los
jóvenes que se preparan al matrimonio. Si antes de la pandemia para los novios
era difícil proyectar un futuro cuando era arduo encontrar un trabajo estable,
ahora aumenta aún más la situación de incerteza laboral. Por ello invito a
los novios a no desanimarse, a tener la “valentía creativa” que tuvo san
José, cuya memoria he querido honrar en este Año dedicado a él. Así
también ustedes, cuando se trate de afrontar el camino del matrimonio, aun
teniendo pocos medios, confíen siempre en la Providencia, ya que «a veces las
dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de
nosotros que ni siquiera pensábamos tener» (Carta ap. Patris corde, 5). No
duden en apoyarse en sus propias familias y en sus amistades, en la comunidad
eclesial, en la parroquia, para vivir la vida conyugal y familiar aprendiendo
de aquellos que ya han transitado el camino que ustedes están comenzando.
Antes de despedirme, quiero enviar un saludo especial a los
abuelos y las abuelas que durante el tiempo de aislamiento se vieron privados
de ver y estar con sus nietos, a las personas mayores que sufrieron de manera
aún más radical la soledad. La familia no puede prescindir de los abuelos,
ellos son la memoria viviente de la humanidad, «esta memoria puede ayudar a
construir un mundo más humano, más acogedor».[7]
Que San José inspire en todas las familias la valentía creativa,
tan necesaria en este cambio de época que estamos viviendo, y Nuestra Señora
acompañe en sus matrimonios la gestación de la “cultura del encuentro”, tan
urgente para superar las adversidades y oposiciones que oscurecen nuestro
tiempo. Los numerosos desafíos no pueden robar el gozo de quienes saben que
están caminando con el Señor. Vivan intensamente su vocación. No dejen que
un semblante triste transforme sus rostros. Su cónyuge necesita de su sonrisa.
Sus hijos necesitan de sus miradas que los alienten. Los pastores y las otras
familias necesitan de su presencia y alegría: ¡la alegría que viene del
Señor!
Me despido con cariño animándolos a seguir viviendo la misión
que Jesús nos ha encomendado, perseverando en la oración y «en la fracción
del pan» (Hch 2,42).
Y por favor, no se olviden de rezar por mí, yo lo hago todos los
días por ustedes. Fraternalmente, FRANCISCO
Roma, San Juan de Letrán, 26 de diciembre de 2021, Fiesta de la Sagrada Familia.
(Extraido de la Publicacion de aciprensa)
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